Aprender a saborear las películas

Opinion

Aprender a saborear las películas

alejandraMusi

Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero
también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de
reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.
En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las
películas nada más terminar de verlas.
Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión,
un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el
director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te
trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando
varias noches al final te hizo clic.
Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que
la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que
si le puedo explicar por qué es tan buena.
Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente
espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del
proceso de digerirla.
La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y
se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el
desconcierto al final.
Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.
Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de
encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el
director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a
las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas
Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo
grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo
en las salas y tener la misma experiencia.
Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica
que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.
Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las
historias nos toquen, nos cambien.
No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una
comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de
entretener también es muy válida, pero que no son comparables.
Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit
todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es
más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad
tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.
Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa
ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para
que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.
Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a
disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando
los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

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