Opinion

Lo que buscamos este 2020

Me parece revelador el estudio que Google lanza cada diciembre acerca de lo que fue más buscado en su plataforma.

Columna publicada en El Universal

Llegó el momento de hacer listas de todo. En el mundo del entretenimiento es tradición poner en un ranking las mejores películas, obras, canciones, conciertos (aunque este año la mayoría hayan sido virtuales), celebridades, etcétera.

En este fin de ciclo todo suena vacío con la frustración de haberse realizado a medias.

Vivimos muchos años en uno y sólo unos meses a la vez.

Más reveladoras que las listas me parece el estudio que Google lanza cada diciembre acerca de lo que fue más buscado en su plataforma. Puedo estar horas mirando los resultados.

Hay cosas que no sorprenden, como el que “coronavirus” haya sido la palabra más consultada de este 2020. O que Joe Biden fuera la figura con más clics. Tampoco es casual que las palabras “election results” fueran tecleadas sin descanso cuando la mirada del mundo estaba puesta en si iniciaríamos otra década con Trump.

Tampoco faltó Parasite como la cinta número uno.

La proeza de conseguir el Premio a Película y Película extranjera de forma simultánea marcando un hito en la historia fue sólo el inicio de un año en el que todo lo impensable estaba por pasar.

No es extraño que Tom Hanks fuera la celebridad más buscada porque se convirtió en la primera estrella en anunciar que él y su mujer tenían covid-19.

También fue la primera en aparecer desde su casa, sonriente y recuperado en la primera emisión del mítico programa Saturday night live show que desde el confinamiento siguió transmitiendo con ingenio.

Pero el show más visto no fue en un estadio sino desde las computadoras. Organizado por Lady Gaga, Together at Home reunió a cientos de personalidades que ayudaron a recaudar más de 127 millones de dólares que se donaron a la lucha contra el covid.

Pudimos ver a estrellas como la propia Gaga pero también a John Legend, Taylor Swift, Paul McCartney por mencionar a algunos, de la larga lista de colaboradores.

Las personas no sólo se refugiaron en el ocio para sobrevivir al tedio de la pandemia sino que también se pusieron a estudiar, lo más solicitado fue “cómo aprender a codificar”.

“Cómo ser un aliado” fue mucho más importante que “cómo ser un influencer”. Y la frase “cómo ser un maestro” fue más necesaria que nunca.

El emoji de los abrazos se cambió por el que tiene una mascarilla, la meditación desbancó a las clases de pilates mundialmente.

Pero yo me quedo con que “cómo ayudar” rompió récords este año. Demasiados meses en los que las pérdidas se hicieron constantes y cotidianas pero en los que también surgieron nuevos héroes, como la comunidad sanitaria que sigue luchando sin descanso, los abuelos que con su resistencia y paciencia nos han dado lecciones de vida a los que en teoría somos más fuertes, los niños que con su resilencia y vitalidad han hecho posible que los adultos podamos seguir echándole leña a la máquina de la productividad.

Pese a que ha sido un 2020 muy complicado también tenemos mucho que agradecer y por ello, “cómo dar gracias” fue otra búsqueda récord.

Opinion

Diego Maradona, de Kapadia

Columna publicada en El Universal

El director británico narra la vida del astro utilizando grabaciones de su estancia en la ciudad que lo vio convertirse en “dios”

Al pensar en Maradona se me viene a la mente la imagen de una persona que acabó devorada por su personaje. En Cannes 2019, el director británico Asif Kapadia presentó el documental basado en su vida, Diego Maradona. 

En él, Kapadia logró presentarnos los botones más sensibles de la estrella. Recuerdo bien cómo el futbolista trajo en vilo a la organización del festival de Cannes, pues hasta el último momento no se sabía si aparecería o no por la alfombra roja. 

Al final no lo hizo. La explicación oficial fue que el futbolista estaba en México recuperándose de una operación del hombro que le impidió volar. 

Lo que se comentaba en los pasillos es que Diego estuvo debatiéndose hasta el último momento si aparecer frente a los fotógrafos y ofrecerle en bandeja al mundo las imágenes de su deterioro sería una buena idea. 

Después de ver el documental de Kapadia lo segundo suena más real. 

En esta pieza el director narra la vida del futbolista argentino utilizando grabaciones inéditas de su estancia en Nápoles, la ciudad que lo vio convertirse en “dios” y descender a los infiernos de la droga hasta vincularlo con la Camorra italiana. 

Al futbolista se le escuchan decir frases como “me importa más la gloria que la plata”, “cuando estoy en la cancha se va la vida, se van los problemas, se va todo”, “estaba muy solo, estaba muy arriba”. Pero algo muy importante del documental es lo que Diego no dice pero que se puede ver y son las situaciones que nos dan pistas de la personalidad del futbolista como por ejemplo que al lado de su cama tenía siempre a la Virgen de Guadalupe o el fastidio y desesperación que vino cuando, después de conseguir todos los triunfos posibles para su equipo napolitano, quería salir de Italia y ni el presidente del equipo, ni la mafia, lo dejaban irse, y cómo esta prisión de lujo en la que en ocasiones se convierte la fama le causó la depresión que fue el punto de inflexión en su vida. 

Kapadia me contó que llegar a Maradona fue la última pieza de un rompecabezas que empezó a armarse cuando en 2012 al director se le acercó el productor independiente Paul Martin que antes era un periodista deportivo y le dijo que tenía una joya: las grabaciones caseras de la estancia de Maradona en Nápoles. 

Se dice que fue el propio Diego quien contrató a las personas para que le hicieran estos videos y así crear un registro para protegerse en caso de que la mafia intentara secuestrarlo. 

El resultado es un tesoro que muestra un lado nunca visto de Maradona y que nos ayuda a entender lo que vivió. El mayor documento de ese Diego que apenas conocimos antes de que Maradona lo devorara.

Opinion

Vivir un festival en la era del Covid-19

Columna publicada en El Universal

Descubrí que yo era presa del síndrome de la cabaña cuando subirme o no al avión para ir al Festival de San Sebastián desde Nueva York se convirtió en un dilema.

Te vas encerrando dentro de tu burbuja de seguridad sin darte cuenta de cómo, las cosas que antes eran cotidianas ahora te parecen un mundo.

Los psicólogos le dicen el síndrome de la cabaña y es probable que lo tengas sin darte cuenta. Descubrí que yo era presa de él cuando subirme o no al avión para ir al Festival de San Sebastián desde Nueva York se convirtió en una decisión que me quitó el sueño durante semanas.

Llevo 20 años cubriendo festivales de cine por el mundo y si algo disfrutaba eran esos momentos en el aire que ahora me angustian.

Salir de casa no fue sencillo, pero lo que vino después tampoco, pues me encontré con la realidad de este mundo en pausa al ver el aeropuerto de JFK vacío y sus luces a medio encender, la mayoría de las tiendas cerradas, sólo un lugar para comer.

Lo mismo me ocurrió al llegar al aeropuerto de Madrid en el que un letrero enorme te avisaba que esos artefactos que parecían cámaras en realidad eran termómetros que toman la temperatura masiva de los que entran al país.

Formularios de salud aquí y allá, una carta que firmas al festival y al gobierno vasco prometiendo que si tienes cualquier síntoma avisarás y te pondrás en cuarentena.

La tensión de no saber cómo será el final de una experiencia en la que somos nuevos, pues sólo ha habido otro festival presencial desde que la pandemia empezó, el de Venecia, y aunque parece que ha ido bien aún es pronto para conocer el saldo real.

Te sientes un poco imprudente por estar ahí, ¿y si luego no puedes volver?

La primera función en una sala es una experiencia, los asientos están asignados con antelación, no tienes a nadie a los lados y una vez que empieza la película no hay manera de salir del teatro hasta el último crédito.

La mascarilla hace que se te empañen los lentes y no veas, menos mal que días después una compañera te comparte el truco: hay que encontrar la ubicación exacta donde apoyar el armazón sobre la nariz.

Geles desinfectantes, un flus flus de alcohol cada que entras o sales de cualquier recinto y esos saludos a medias que se te atragantan cuando te encuentras con un viejo amigo a quien sin pandemia hubieras abrazado muy fuerte. Pero algo se mantiene intacto y es la burbuja que va creando estar en un festival, ir viendo las historias en la pantalla grande, comentarlas por horas, correr a hacer la entrevista, escribir rodeado de colegas que son amigos y que te hacen reír a carcajadas con sus ocurrencias, el momento de la cena juntos, con distancia, pero juntos, despertar al día siguiente para volver a la rueda.

Y por momentos se te olvida que llevas todo el día con la mascarilla, que las manos se te están partiendo entre tantos flus flus. Has estado más expuesto que nunca al virus pero como estás inmerso en la burbuja, ¡hasta disfrutas! Luego vuelves a la realidad, al vuelo trasatlántico con sólo 14 pasajeros, al único duty free abierto lleno de anaqueles con cientos de productos en descuento a punto de caducar.

Y te parece un milagro haber podido estar en un festival. Y te das cuenta, sí, que estás volviendo a tu cabaña.

Festivales

El muro de la alfombra roja

Todas las miradas del mundo cinematográfico esperaban con ansia ver las primeras
imágenes de la Muestra veneciana, el festival más antiguo del planeta, cuya edición número
77 es un milagro que se esté celebrando estos días.
Mascarillas obligatorias, geles desinfectantes por doquier, asientos en las salas de
proyección reservados con antelación a través de una app para que se mantengan las
distancias de seguridad y cientos de periodistas que no pudieron viajar y ser acreditados
para cubrir esta edición como me ocurrió a mí, que después de 20 años siendo testigo de
esta Mostra, no se me permite la entrada a Italia por vivir en Estados Unidos y estar
considerado uno de los países con más alto riesgo de Covid19.
Algo impensable cuando el corazón de los festivales internacionales es precisamente la
multiculturalidad.
Los festivales son el lugar en el que se reúnen personas de todo el mundo para
embarcarse juntas durante los días en el que el sitio común es la butaca de las grandes
salas en las que las historias unen a todos los que ahí nos congregamos para contarle al
mundo en qué están pensando los creadores, qué nuevas formas de narrar se han
explorado, qué cuentos nos sacudieron y qué nos sigue emocionando.
Y este año las imágenes que llegan desde Venecia tomadas por los colegas que sí
lograron poner un pie en el Lido son espejo de lo que estamos viviendo en otros rincones,
pues al final la burbuja de los festivales, con sus microcosmos, se convierten en una
muestra bastante certera de lo universal.
Y es que ver las filas para entrar a la proyección de la nueva película de Almodóvar casi
vacías, el Palazzo del Cinema con eco el día de la inauguración o la alfombra roja bordeada
por un gran muro para evitar que los curiosos y fans se aglomeren ahí para saludar a sus
estrellas es una metáfora de lo que nos ha traído la pandemia: lo inimaginable.
Pero, como bien declaró en el arranque de la Muestra Cate Blanchett, la actriz
australiana que este año funge como presidenta del Jurado más femenino en la historia
veneciana: “Contra viento y marea, contra el virus y con mascarilla, la Mostra más antigua
del mundo sigue viva y estamos aquí”.
Y es que este año no se trata de ver grandes estrellas desfilar por la alfombra roja, ni
siquiera de las películas que compiten sino de salvar el cine, las salas, el acto comunitario
de experimentar arte juntos, de lograr que una industria que está en plena transformación
logre sobrevivir a esta crisis sin precedentes que no vio venir porque sus batallas estaban
centradas en lograr movilizar a las personas a las salas que de forma inesperada se
tuvieron que cerrar.
El que siga habiendo un festival que se haya levantado las enaguas de sus 77 años de
experiencia y prestigio, y logrado adaptarse a los tiempos que corren, en realidad se trata
de que ese gran muro en la alfombra roja de Venecia que hoy divide a la gran audiencia de
la experiencia cinematográfica no se quede instalado para siempre en nuestras mentes.

Opinion

Lo imperdonable de Ellen DeGeneres

Es indignante lo que ocurrió alrededor de la productora de The Ellen DeGeneres show, pues le
arrebató al público la idea del personaje extraordinario que representaba la lucha por la igualdad
El caso de Ellen DeGeneres —una de las presentadoras más amadas de EU que últimamente ha
caído en desgracia tras las acusaciones de abusos, racismo y acoso en su famoso programa The
Ellen DeGeneres show— ha sido uno de los más decepcionantes que han seguido los medios de
todo el mundo del entretenimiento.
Lo que ha ocurrido dentro de su productora, en la que se suponía se creaba un proyecto cuya
misión era generar felicidad es indignante.
Era una mujer que luchaba por la diversidad, una figura solidaria que actuaba como catalizador en
la sociedad mega capitalista de EU y que salió con valentía del armario para abrirle camino a otras
celebridades que temían hacerlo y que luchó por los derechos de la comunidad LGTB.
En los casi 17 años que duró su programa no hubo figura que no se sentara en su butaca de
entrevistados: fue desde Barack Obama hasta Brad Pitt, pasando por otra de las mujeres más
influyentes de América, Oprah Winfrey. La lista es infinita.
Pero no, resulta que todo era un espejismo, una perfecta maquinaria de mercadotecnia para crear
el personaje de esta mujer humanitaria y cercana que generaba una fortuna con su show, cientos
de empleos y de intereses, empezando por los de ella misma que con este personaje cobraba un
sueldo de 50 millones de dólares anuales.
La realidad, se descubrió, es que tras bambalinas Ellen era una jefa prepotente, ambiciosa,
caprichosa y abusiva.
Que sus empleados callaron durante mucho tiempo por miedo a las represalias y a que la opinión
pública nunca hubiera querido creer la realidad, pues renunciar a lo que Ellen nos vendía es muy
duro.
Darse cuenta de que esa persona que te hace reír y que el mundo parezca un poco más amable es
mentira enoja porque quizá lo más grave de todo esto es la decepción que queda tras descubrir,
otra vez más, que no podemos creer en nadie y que el final feliz no existe.
Por ello es que la posible renuncia de Ellen sabe a poco en medio de todo el escándalo, porque
aunque haya un cierto dejo de justicia al saber que se tendrá que someter al escrutinio público,
que perderá privilegios y que del amor pasará al odio como ha sucedido con tantas otras estrellas
a quienes la verdad los ha alcanzado, el daño es irreparable porque el mensaje que ha dejado es el
de que no existen las buenas intenciones en el mundo de los reflectores y nos quita el pequeño
espacio que nos quedaba para darle cabida a la ingenuidad, a pensar que tal vez existía alguien
que cuando todo se ponía oscuro, nos hacía reír y recordar que hay lugares felices. Que
DeGeneres nos haya arrebatado a Ellen es imperdonable.

Opinion

Aprender a saborear las películas

Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero
también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de
reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.
En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las
películas nada más terminar de verlas.
Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión,
un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el
director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te
trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando
varias noches al final te hizo clic.
Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que
la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que
si le puedo explicar por qué es tan buena.
Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente
espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del
proceso de digerirla.
La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y
se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el
desconcierto al final.
Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.
Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de
encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el
director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a
las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas
Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo
grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo
en las salas y tener la misma experiencia.
Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica
que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.
Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las
historias nos toquen, nos cambien.
No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una
comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de
entretener también es muy válida, pero que no son comparables.
Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit
todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es
más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad
tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.
Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa
ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para
que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.
Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a
disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando
los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

Opinion

Inmunidad a la venta

En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda
crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que
encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido,
pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las
libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha
blindado.
Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein:
Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de
adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante
décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.
Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los
Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron
hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en
una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.
Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que
otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la
ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.
En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George
Floyd por la brutalidad de un policía blanco.
Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de
afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde
en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el
discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.
Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto
reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el
cinematográfico.
Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos
magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por
ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se
manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con
otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.
Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros
como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.
Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como
sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

Festivales

Elton John alborota Cannes

El músico llegó de sorpresa a la gala de su película biográfica «Rocketman», cuyo trabajo de su protagonista, Taron Egerton, le recordó a sí mismo

Cannes.— Lo mejor en Cannes es cuando las sorpresas (a veces esperadas) se cumplen y eso ocurrió la noche del estreno de Rocketman, la cinta inspirada en la vida de Elton John, dirigida por Dexter Fletcher y escrita por Lee Hall.

La asistencia de la estrella al Festival no había sido confirmada, de hecho era un misterio, así que su aparición en el Photocall oficial de la cinta fue una fiesta.

Prácticamente ya parecía haber terminado cuando se le pidió a los actores que esperaran unos minutos más. De pronto, vestido con un traje aqua a juego con unos divertidos lentes de sol, la estrella apareció en el último momento . Todos los fotógrafos emocionados empezaron a corear su nombre, “Elton, Elton, Elton”, mientras que el icono de la música no paraba de sonreír.

Emocionado, el director que supo ganarse su confianza para narrar su historia, autorizada de principio a fin, le dio un fuerte abrazo.

Rocketman es una película musical que humaniza a la estrella inglesa y muestra sus comienzos y transformación como Reginal Dwight, un tímido prodigio del piano, hasta llegar a ser una superestrella conocida internacionalmente como Elton John.

La historia está ambientada en las canciones más queridas de Elton y también presenta a Jamie Bell como Bernie Taupin, el letrista y compositor asociado de Elton, a Richard Madden como John Reid, el entonces representante de la estrella, y a Bryce Dallas Howard como la madre de Elton, Sheila Farebrother.

Estreno musical. La llegada del músico no podría haber sido en mejor momento; sólo horas antes la radio 2 de la BBC había estrenado con gran revuelo “(I’m gonna) love me again”, canción inédita escrita por Elton y Bernie Taupin e interpretada por él mismo y Taron Egerton para los créditos finales de la película, cuyo álbum Rocketman: music from the motion picture se estrenará en México el 24 de mayo, una semana antes del estreno de la cinta, el día 31.

Taron Egerton, quien da vida al cantautor inglés en el filme, explica que no sólo llega a parecerse físicamente gracias a la caracterización sino que al rodar la cinta fue encontrando similitudes entre ambos.

“Digo, yo no soy un genio, pero algo de su neurosis e inseguridades, no sé, reconozco algunas cosas, hay algo de mí ahí, de mis emociones”.

El filme, agrega, toca el tema de las adicciones del famoso músico.

“Esta cinta no condena el uso de drogas pero expone su relación corrosiva que tal vez le costó todo, y esa fue una parte importante de la historia para mí. El balance está en hacer que sea alegre y que lo festeje y que sea divertido de ver y eso es en lo que tuvimos que concentrarnos. Espero que, al verla terminada, la gente vea que ese era”.

Taron comparte créditos con el actor Jamie Bell, quien interpreta al letrista Bernie Taupin, mano derecha de Elton y con quien trabajó en conjunto desde el inicio de su carrera.

“Fue extremadamente difícil encapsular el legado de alguien a quien apenas conoces pero que todos los demás admiran”, explica Bell.

Taron relata que la relación entre ambas celebridades era tan fuerte que en una de las charlas que sostuvo con Elton John éste le dijo que era el hermano que nunca había tenido.

“También creo que de cierta forma ellos estaban enamorados un poco. Como socios creativos, él lo completaba a él”, considera Egerton.

Entre las anécdotas de la película está el hecho de que Elton no pasó tiempo en el set pero durante el rodaje le estuvieron enviando fotos y videos porque quería ver si Egerton le recordaba a sí mismo cuando estuviera caracterizado y, conforme pasaba el tiempo, el propio John se iba sorprendiendo de lo grande que era el parecido con él y con sus recuerdos.

Por la noche y para el estreno de la película en el Gran Teatro Lumiére, Elton John desfiló por la alfombra roja como dicta el protocolo: al lado de todo el equipo del filme y con un esmoquin negro aunque sin corbata. Llamaron la atención las letras bordadas en dorado de su traje, diciendo “Rocket Man” en su espalda y un cohete con las iniciales EJ, que llevaba en su solapa izquierda. Los lentes en forma de corazón terminaron de darle el toque característico al icono de la música que llegó a Cannes para volverse a dejar querer.

Entrevistas

Bill Murray rompe con los protocolos en Cannes

El actor hizo reír a los medios de comunicación durante la presentación de la cinta de zombis «The Dead Don´t Die» donde actúan Tilda Swinton, Selena Gomez, Adam Driver y Chlöe Sevigny

En un Festival en el que todo está cronometrado al milímetro tener a un actor como Bill Murray a quién le gusta desafiar los protocolos es una bocanada de aire fresco.

 Las anécdotas que rodean al actor lo hacen muy especial. Por ejemplo, que no tiene agente y que todo lo realiza con acuerdos verbales. La propia Sofía Coppola contó a EL UNIVERSAL en entrevista hace unos años que cuando filmó «Lost in Translation» (Perdidos en Tokio), filme que Murray protagonizó, no supo si iba a aparecer en el set de Tokio hasta el último momento.

“Sólo me dijo sí, iré, y ya no volví a saber de él hasta el día que empezó el rodaje”, aseguró la directora.

Otro de los mitos que lo rodean es que le encanta hacer felices a los demás sorprendiéndolos. Las historias son de lo más diversas: desde aparecer de improviso en una fiesta que elige de forma aleatoria y en la que se pone a lavar los platos ante los ojos atónitos de los anfitriones o cuando le pide al encargado de una cafetería que lo deje estar un rato en la caja registradora cobrándole a los clientes.

Son tantas que incluso hay un sitio llamado Bill Murray Stories (www.billmurraystory.com) en el que las personas van subiendo sus fotos con él y contando cómo fue que lo conocieron y lo que hizo por ellos.

Con esta expectativa (e incertidumbre) Murray apareció en la alfombra roja de Cannes y cumplió con todas las actividades de prensa que había prometido hacer. Como era de esperarse, dejó buenos momentos como las carcajadas que provocó en la rueda de prensa de la película «The Dead Don´t Die» que protagoniza al lado de Tilda Swinton, Selena Gomez, Adam Driver y Chlöe Sevigny.

El filme de zombies cuyo propio director describió como “una comedia de horror”, habla de la vida después de la muerte aunque el actor dijo creer en que “hay algunas personas que sí viven después morir pero muchas otras no”.

Entre otra de las particularidades de la estrella americana está el que para convencerlo de hacer una película hay que dejarle un mensaje de un minuto en el contestador de su teléfono de casa y si lo que le cuenta el director lo convence entonces lo contacta. Si no, lo deja pasar y nunca responde.

En este contexto, cuando un periodista le preguntó qué es lo que le había dicho Jim Jarmush para que se decidiera a hacer la película le respondió que lo que hace Jim es aventarte mucho dinero, “pero muchísimo ¿eh? Él sólo te avienta dinero, te manda muchas cosas a casa. Por días y días te empiezan a llegar regalos a tu puerta y entonces piensas, ‘ay Dios, creo que Jarmush quiere trabajar conmigo’. Puedes saber quién es por la forma en la que opera. Es un manipulador y no sé cómo demonios conseguí este trabajo”.

La respuesta no le hizo mucha gracia a Jarmush, quién no cambió su rostro de seriedad mientras que Murray continuó hablando, “el guión me pareció muy divertido. Que por cierto, no sé ni cómo lo conseguí. Pero Jarmush vive en blanco y negro de una forma graciosa. Todo en él es acerca de sombras. Es alguien que aparece en el día pero llega vestido de noche”, agregó arrancándole una leve sonrisa al director de «Ohio».

Al hablar de las cosas difíciles para los actores, Murray dijo que algo que encontraba aterrador era Cannes, provocando las carcajadas, nuevamente, de la audiencia. “Pero seguro que en La Croisette no encuentras zombies”, le dijo el moderador a lo que Bill respondió muy serio, “eso dices tú”.

Los problemas que enfrenta el cine

No todo fueron risas pues la seriedad llegó cuando Bill habló de los problemas del cine y dijo que todos los que estaban ahí hacían eso para ganarse la vida, “hablando sólo por mí puedo decir que doy lo mejor de mí cuando estoy trabajando para vivir. Cuando no estoy trabajando soy perezoso pero cuando estoy en un filme estoy en la mejor representación de mi conciencia así es que soy mejor persona cuando hago una película. Y mi preocupación por el planeta se demuestra en mi preocupación por el filme y por las personas que trabajan en él. Incluso el hecho de estar aquí hoy con ustedes hablando de la cinta habla de ese gran esfuerzo que hago. Ese es el pedazo de hielo sobre el cual sobrevivo y que espero no se derrita”, dijo provocando aplausos.

A Selena Gomez lo que le asusta son las redes sociales

Selena Gomez también apuntó que a ella el tema que más le preocupaba era el de las redes sociales.

Para la estrella, que tiene más de 150 millones de seguidores las redes sociales son, para su generación en específico, “algo terrible. Entiendo que es increíble usar tu propia plataforma pero me asusta cuando veo lo expuestos que están los jóvenes. No están al tanto de lo que realmente está pasando y no quiero decir que se vuelven egoístas porque es muy agresivo pero sí que es peligroso el que las personas ya no están pudiendo recibir toda la información que deberían”.

Ellas aman y odian el terror

Chöe Sevigny. Aterrorizada desde pequeña.

La actriz americana contó que “cuando era pequeña vi «El exorcista» y me aterró así que fue a hablar con mi cura porque me crié en lareligión católica así que le expliqué mis miedos y me dijo, ‘sí, es verdad. Usualmente le sucede a las chicas jóvenes así que no actúes raro o juegues a hacer brujerías porque estás invitando al diablo a entrar a tu alma así que estoy aterrada desde entonces”.

Selena Gomez. Adicta al horror.

«Estoy obsesionada con las cintas de terror. Cuando era pequeña mi papá me dejaba verlas para asustarme y así él podía reírse y después me enganché. No lo sé me gusta todo: desde «Zombieland», «The Walking Dead» y la serie de Netflix llamada «Black Summer”.

Opinion

El Festival de Cine Internacional de Cannes: el negocio…

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.