Opinion

El Festival de Cine Internacional de Cannes: el negocio…

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.

Festivales

Premian la fotografía de Alejandro Mejía en TriBeca Muestra…

Nueva York.— Ganar un premio como el que Alejandro Mejía recibió en TriBeCa es de las mayores
satisfacciones que un cinematógrafo puede tener en su carrera.
Sin embargo, a Mejía le tocó recibir este galardón de forma virtual, como todo lo que sucede en la
ciudad de los rascacielos y en el mundo desde que explotó la pandemia.
Este premio le llegó por su trabajo en la película 499, dirigida por otro compatriota, Rodrigo Reyes.
La cinta no se pudo presentar en el gran teatro como estaba planeado y jurado y prensa la
tuvieron que ver desde las pantallas de sus computadoras.
TriBeCa tuvo que optar por el mundo virtual para llevarse a cabo. Al realizarse en abril, en pleno
brote del coronavirus en Nueva York, tuvo que tomar el riesgo de ser uno de los primeros
festivales en optar por el mundo virtual para llevarse a cabo.
“Fueron momentos de confusión y un poco de decepción. Llevábamos meses soñando con el
momento de presentar la película en las salas neoyorquinas, con podernos reunir aquí el equipo y
de pronto todo cambió”, contó desde su departamento en Brooklyn el cineasta que ha seguido el
confinamiento y que tuvo que celebrar su premio en una fiesta en zoom con su equipo, amigos y
familia.
“Ha sido una sensación rara porque te hace falta la retroalimentación del público, el ver cómo es
recibida la cinta, las reacciones. Nunca imaginé que el día que ganara un premio tan importante, si
llegaba el momento, lo recibiría enterándome por un e-mail y la nota online de una revista.
“El que todo esté tranquilo hizo que se vieran películas que de otra forma no se apreciarían”,
apuntó el mexicano que fotografió con sutileza y maestría la llegada de un conquistador al México
de 2018 para comprobar que el país está sumido en la violencia. “Es una película única en la que
combinamos ficción con documental”.

Opinion

Cuando las estrellas mienten

Después de 10  años viviendo en Estados Unidos puedo decir que una de las cosas que más nos cuesta entender a los latinos es que los hijos se tengan que ir de casa cuando entran a la universidad. Pero algo que es igual de inquietante y nadie te cuenta es cómo, desde que los niños están en tercero de primaria, las escuelas públicas separan a los “más talentosos” para que tengan clases de mayor nivel que el resto.

Es decir, que desde que un niño tiene ocho años ya está compitiendo y así será toda su vida escolar si quiere conseguir ser parte del 6% de los jóvenes elegidos por una universidad prestigiosa que les garantizará seguir en el sistema del “sueño americano”, es decir, formar parte de la élite para a su vez, en un futuro lograr trabajos bien pagados que les permitirá replicar el modelo con su futura descendencia pudiendo pagar lo que cuestan estas colegiaturas top (un promedio de 60 mil dólares anuales) y hacer que la rueda del consumo y el “bienestar” sigan girando indefinidamente.

Entender esto explica por qué el escándalo en el que se han visto implicadas estrellas como Lori Loughlin que enfrenta una condena posible de hasta 20 años de cárcel (Full House) y Felicity Huffman (Mujeres desesperadas) ha tocado fibras tan sensibles, pues han puesto en evidencia que hasta lo más sagrado del sistema, la meritocracia, el “si te esfuerzas lo consigues”, está corrupto.

A estas alturas es bien sabido que Loughlin pagó 500 mil dólares para asegurarle dos lugares en una de las universidades más cotizadas de Estados Unidos, la USC (University of Southern California) a sus hijas gemelas o que Huffman dio una suma de 15 mil dólares para subirle el puntaje a su hija en el examen que más cuenta en las admisiones. Pero lo cierto es que ellas son sólo la punta del iceberg de una operación en la que se encuentran involucradas más de 30 familias poderosas según ha detectado el FBI y lo que estará por descubrirse.

Muchas veces le he preguntado a las estrellas si sienten que la fama también los pone en un lugar de responsabilidad porque se vuelven modelos a seguir. La mayoría entiende el compromiso que tiene estar bajo los reflectores.

Muchos de ellos, incluso, se vuelven activistas. Pero algunos se excusan diciendo que su función se limita a entretenernos. Lo cierto es que el impacto que tiene lo que hacen los famosos es muy grande y este caso lo demuestra.

Lo que ellas hagan o dejen de hacer genera eco en la sociedad porque las celebridades ejemplifican mejor que nadie el sueño de que la fama y la fortuna se pueden conseguir trabajando duro y con talento.

Si los jóvenes que se han pasado una infancia y adolescencia construyendo su currículum para competir en el sistema dejan de creer, el capitalismo y los pilares en los que está cimentada esta sociedad revientan. Y eso no se puede permitir, menos si eres una estrella.

Opinion

Cultura en tiempos de pandemia

¿Qué pasaría si no hubiera música, películas, libros y arte a los cuales recurrir en estos días de
cuarentena?, es una pregunta que he visto circular constantemente por las redes sociales.
No puedo imaginarme un encierro como el que estamos viviendo sin esos escapes. Y, sin embargo,
aún se sigue poniendo en tela de juicio la importancia de no dejar que la cultura muera, de
rescatar las salas de cine que posiblemente cerrarán en muchas ciudades del mundo y de lo
fundamental de las ayudas para no asfixiar a nuestros artistas, esas personas que nos regalan la
posibilidad de explorar otros mundos, de visitar distintas realidades y lo más importante, de
reflexionar.
Hace unas semanas el cineasta británico Christopher Nolan, director de Dunkirk, le escribió una
carta al Congreso de Estados Unidos en la que le imploraba que no dejara de ayudar a la industria
cinematográfica más potente del mundo.
“Cuando esta crisis pase, la necesidad de la participación colectiva humana, la necesidad de vivir,
amar, reír y llorar juntos, será más poderosa que nunca”, apuntaba en la carta abierta que le
publicó el diario The Washington Post.
Y es que es en los momentos de crisis como éstos en donde lo esencial empieza a dejar de ser
invisible y se manifiesta con claridad ante nuestros ojos. Como la gran necesidad de mantener vivo
al periodismo objetivo, veraz y ético. De contar con fuentes, cronistas y buscadores de la realidad
que nos transmitan lo que está pasando sin filtros políticos o económicos, en dónde la profesión
vuelve a recobrar su pulso vital tan desgastado y golpeado por la hiper información a la que
estamos expuestos con la tecnología.
Siempre he sido una romántica de esta profesión, una fiel creyente de que sólo a través de una
escritura limpia, curtida a base de esfuerzo y honestidad, se pueden combatir a grandes enemigos
como el ego de los mandatarios, las trampas de los poderosos o los discursos masivos dictados por
las agendas interesadas.
Y es en momentos de esta zozobra cuando el periodismo más puro se vuelve esencial para respirar
y encontrar los caminos, para acompañar a los líderes que logran tomar las riendas y vigilar a los
que las sueltan. Para ser ese cuarto poder que regula los gritos de los que mandan y darle la voz a
los más indefensos.
También para eso está la cultura, para darnos oxígeno y recordarnos que somos más fuertes de lo
que pensábamos, para vernos reflejados en esos héroes y en esas víctimas, para reírnos muy
fuerte cuando al corazón lo están apretando demasiado o ayudar a que fluyan esas lágrimas que
se han secado de tanto retenerlas ¿Quién no se ha refugiado en las historias o en la música estos
días?¿Quiénes han estado ahí para contarnos lo que está ocurriendo más allá de nuestras cuatro
paredes de confinamiento?
Cuando todo pase y volvamos a las prisas del día a día no olvidemos lo que se nos reveló como
esencial y no dejemos de protegerlo porque de otra forma no habremos aprendido nada y, cuando
llegue la siguiente pandemia, seremos más vulnerables.

Opinion

Para Hollywood, las actrices envejecen cada vez más

Hace unos años me enojé mucho al ver que Nicole Kidman se había vuelto adicta al bótox. “¿Cómo es posible que se haya hecho eso con lo guapa que es?”, pensaba mientras la entrevistaba por la película The paperboy. Me parecía innecesario que se esforzara por ocultar lo evidente: estaba envejeciendo.

“Hay que hacerlo con gracia”, “las arrugas son las marcas de nuestra vida”, son frases que solemos repetir. Lo cierto es que desde ese momento han pasado ocho años y yo también he empezado a envejecer y a entender por qué a las actrices este proceso les cuesta más que a nadie.

Hay un estudio que realizó la revista TIME analizando la trayectoria de más de 6 mil actores en el que se demuestra cómo las mujeres al principio de sus carreras reciben más ofertas para interpretar papeles que los hombres, pero cuando ellas cumplen 30 años ¡pum! la cifra empieza a descender de forma vertiginosa hasta tener que arañar cada personaje. Por el contrario, la carrera de los hombres llega a su cumbre a los 46 años y se mantiene así muchos más. Con el tiempo esto ha empeorado: cada vez más, ellas dejan de trabajar antes de los 30 y a ellos les va mejor después.

Maggie Gyllenhaal ha contado cómo a los 37 años le negaron un papel porque era demasiado mayor para interpretar a la pareja de un hombre de 55.

Meryl Streep, próxima a cumplir 70 años, ha confirmado esta teoría al asegurar que las mujeres que tienen 60 años están viendo decrecer las oportunidades antes de lo que lo hacían sus colegas de más edad.

En un artículo de Vogue en 2011, Streep contó cómo fue cumplir 40 años: “Miré a mi marido y le dije: ‘¿bueno, qué deberíamos hacer ahora? Porque esto se acabó’”.

Ese año Meryl donó dinero a un laboratorio de guionistas para proyectos con mujeres maduras. Julianne Moore, a sus 59 años, ha empezado a hacer lo mismo.

No todas las actrices tienen la oportunidad de desarrollar sus propios proyectos y para muchas la pregunta de la edad sigue siendo un tabú y la respuesta un cliché, pues cada vez que le menciono el tema de los años a alguna estrella de Hollywood ésta suele tener la sonrisa lista para decir que ama las marcas que le ha dado el tiempo.

La que más me conmovió es Jane Fonda quién al hacer su documental Jane Fonda in five acts declaró que se arrepiente por haberse hecho esclava del bisturí: “Odio el hecho de haber tenido la necesidad de alterarme físicamente”.

Y yo sólo puedo pensar en lo mucho que la entiendo. A ella, a Nicole Kidman y a todas las mujeres que necesitan detener el tiempo para no volverse invisibles.

Opinion

¿Por qué Iñárritu ha tenido tanto éxito?

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una charla acerca de cómo fomentar la creatividad en una escuela secundaria al norte de Nueva York que impartió el doctor Jonathan Plucker de la Universidad Johns Hopkins.

Algo que me quedó rondando en la cabeza fue la afirmación de cómo “las personas más exitosas no son las que tienen las mejores ideas sino las que creen que sus ideas son las más creativas”.

La lista de ejemplos fue larga pero obviamente no pudo faltar Steve Jobs ni cineastas como Steven Spielberg.

Siempre digo que lo mejor de cubrir los festivales de cine durante tantos años es poder ser testigo de estos procesos de éxito y ver cómo poco a poco nacen las estrellas.

Alejandro González Iñárritu es un perfecto ejemplo de lo que dice el doctor Plucker de la importancia de creer en tus ideas como las mejores.

Hace un par de años, cuando a Iñárritu se le ocurrió el proyecto de hacer un cortometraje en el formato de realidad virtual, muchos cuestionaban que esa tecnología fuera una buena idea para el cine, ¡menos para llevarla a Cannes!

Pero él estaba convencido de que no había mejor forma de implicarnos en un tema como el de la inmigración que haciéndonos vivir al extremo la experiencia de estar cruzando la frontera entre México y Estados Unidos sin documentos.

¿El resultado? Una de las propuestas más visionarias que ha tenido el cine en los últimos años. Pero él siempre ha sido así, pues desde que llegó al Festival de Cannes por primera vez en el año 2000 con Amores perros bajo el brazo para presentarse en la Semana de la Crítica del Festival y nadie lo conocía, Alejandro sabía que tenía un buen proyecto pero sobre todo, creía en él.

En ese entonces se alojaba en un pequeño hotel de tres estrellas y estaba presente en todos los eventos, películas, cocteles y cafés dispuesto a hablar del filme cuantas veces fuera necesario.

Incluso hay colegas que aseguran que insistía en pedirles que entrevistaran a Gael García “porque es un actor muy talentoso y ya verán que va a triunfar y se va a convertir en una estrella”, les decía.

Otra de las cosas que el doctor Plucker recalcó es que lo más interesante de las personas con éxito es su trayecto hacia él.

Concuerdo, pues en los más de 20 años que tengo haciendo entrevistas, cuando le he preguntado a quienes han conseguido llegar a los cuernos de la luna de su profesión qué es lo que más disfrutan al triunfar, la respuesta siempre es la misma: el proceso.

El propio Iñárritu fue uno de ellos. Este año, su nombramiento como presidente del Jurado en el Festival de Cannes que se realizará el próximo mayo lo puso en el mapa de la historia como el primer mexicano en tener ese honor y, aunque imagino lo mucho que lo disfrutará, también estoy segura de que en algún momento de su paso por las alfombras rojas del festival o mientras se prepare para salir de su hotel de lujo rumbo a los múltiples eventos a los que será invitado no podrá evitar recordar cómo llegó hasta ahí y sentirá un poco de nostalgia.

Opinion

Cómo aprender a vivir entre cuatro paredes

Grand Central estaba casi vacío y Broadway apagó sus luces por tiempo indefinido. La imagen
desoladora de Times Square que hubiera sido impensable hace apenas dos semanas se hizo
realidad de forma vertiginosa.
La ciudad que se caracteriza por sus restaurantes, bares y ocio colgó los carteles de cerrado por
todas partes: museos, peluquerías, spas. Todo se detuvo.
Y nos metimos a nuestras casas, con los niños aprendiendo a distancia y la tecnología más
presente que nunca.
Pero la vida no se detiene y después de varias jornadas de angustia y de dar vueltas por la casa
torpemente se empiezan a encontrar nuevas formas de conectar.
Las estrellas de Broadway no han dejado de cantar, por ejemplo, y hace dos días comenzaron a
ofrecer conciertos en vivo desde plataformas creadas para sobrevivir a la pandemia a ambos lados
de la pantalla.
Lo mismo pasó con los museos que dan tours virtuales a sus salas, la Opera Metropolitana que
ofrece sus programas en streaming y los cientos de webs que dan ideas para entretener a los
pequeños que revolotean por la casa.
Entretenimiento sobra, lo que hace falta es encontrar nuevas rutinas que nos ayuden a pasar las
horas sintiendo que seguimos respirando.
Lo que estamos aprendiendo los que llevamos algunas semanas de ventaja en esto del
confinamiento es que hay estrategias que son clave para sobrevivir al día a día más allá de la
tecnología y es la de buscar un nuevo orden.
Sí, hay que tener horarios y disciplina incluso cuando la tentación de quedarse más tiempo en la
cama es muy grande o cuando parece el mejor momento para darse un atracón de series.
Los que tenemos hijos hemos encontrado alivio en la escuela a distancia porque a pesar de que los
padres tenemos que compaginar el trabajo con habernos convertido en profesores de la noche a
la mañana ellos agradecen tener actividades claras y eso al final es lo que empieza a traer la calma.
Entre cuatro paredes también se aprende cómo dar abrazos y tomar cafés por videoconferencia,
se extraña a los verdaderos amigos y se empieza a hacer limpieza de armarios pero también
mental. Se van borrando listas de cosas por hacer, compromisos y personas.
Se vuelven a hacer rompecabezas, a buscar libros qué leer y recetas que cocinar a fuego lento.
El ejercicio se vuelve vital para mantenernos con la mente clara y los días en que se tiene más
fuerza de voluntad y comemos sano comprobamos que estamos más equilibrados.
También se ríe más en las comidas familiares en donde ya no hay prisas, empiezan a surgir
conversaciones para las que antes no había lugar en la agenda, se piensa más, se siente más.
Y nos empezamos a dar cuenta de las cosas que nos sobraban y con las que de verdad queremos
vivir.
El confinamiento es una especie de pausa en el mundo. Y se tienen días muy malos, sí.
Desesperantes, también. Pero lo que nos permite seguir adelante son los buenos, esos en los que
tenemos la certeza de que somos más fuertes de lo que pensábamos y de que esto pasará.
Porque así será: pasará.

Entrevistas

¿Hemos visto demasiadas películas apocalípticas?

Quizá te sientas familiarizado con esta imagen que se ha hecho muchas veces en el cine de una
presentadora de televisión avisando del surgimiento de una nueva enfermedad que pronto se
convertirá en una pandemia y empezará a matar a todos, hasta a los personajes con los que ya te
habías encariñado y pensabas que el guionista no se atrevería a tocar.
También hay las que te muestran lo que ocurre después de la gran catástrofe y a lo que tienen que
enfrentarse los sobrevivientes.
Ambas historias son aterradoras y juegan con el miedo más primitivo y auténtico que todos
tenemos: a lo desconocido. Por eso son tan poderosas. Y sí, mientras te voy describiendo estas
escenas seguro te habrán venido a la mente imágenes de películas como Contagion, Children of
men, Blindness, 28 days later, entre mucha otras de una extensa lista que has ido acumulando en
tu memoria.
Lo cierto es que a ese miedo tan primario que el cine ha retratado a veces muy bien y otras no
tanto, hay que añadirle la noción que tenemos hoy en día de lo letal que es estar en un mundo
globalizado en el que todo viaja de forma vertiginosa.
Lo más peligroso en estos casos de pánico global no es la situación que lo causa en sí misma sino el
miedo al miedo que ésta genera (valga la redundancia).
Con el surgimiento del coronavirus estamos viviendo una muestra clara del peligro de la
sobreinformación en la que estamos inmersos actualmente y que causa tanta confusión.
En una misma mañana puedes leer una nota en donde se afirma que la OMS ha aceptado que el
virus era más grave de lo que se creía y otra en la que el ángulo científico es que el virus no causa
tantas muertes como la gente cree.
Y entonces, ¿con qué te quedas? Con el pánico de las personas que se va expandiendo y
contagiando a otras de histeria llevándolas a vaciar los supermercados, dejando sin mascarillas a
toda la comunidad médica y llenando los armarios de desinfectante.
Estos días Nueva York y alrededores parecía una auténtica película en donde hordas de gente
acudían en masa a los supermercados para llenar sus carritos hasta el tope de arroz, frijoles, latas
de atún, agua y rollos de papel higiénico (cada quien sus preocupaciones).
Las escuelas, trabajos e instituciones empezaron a avisar planes de contingencia en caso de que la
situación se complicara. Y es que sin saberlo, toda la gente ya estaba contagiada. Sí, de miedo.
Un efecto dominó en el que cuando ves a todos llenar sus despensas empiezas a cuestionarte:
“¿seré yo la que está equivocándose al no hacer nada?” Entonces viene a la cabeza la imagen de
algún personaje que nunca pensó que lo que estaba ocurriendo era realmente grave y de cómo tú
al verlo desde afuera deseabas gritarle que se diera cuenta de lo que era tan obvio.
Es la diferencia entre realidad y ficción: en la segunda sabes que todo acabará; en la primera no
tienes ni idea de lo que sigue y eso nos tiene desconcertados, no conocemos el final y nada es
obvio.

Opinion

Con serie, Winona busca la reflexión Protagoniza «The plot…

Nueva York.— Winona Ryder protagoniza The plot against America, la nueva serie del canal HBO
creada por David Simon y basada en el libro homónimo de Philip Roth, en el que se plantea lo que
hubiera sucedido si en lugar de ganar las elecciones Franklin D. Roosevelt, lo hubiera hecho su
contrincante Charles Lindbergh, simpatizante de los nazis y del fascismo.
En entrevista exclusiva con EL UNIVERSAL a su paso por la alfombra roja en la premier en el Teatro
Florence Gould Hall de Nueva York, Winona explicó su interés por esta serie que se estrena esta
noche a las 22:00 horas por HBO.
“Una de las razones por las que muchos de los que formamos parte de este proyecto quisimos
hacerlo es por cosas como las que están pasando en la frontera ahora mismo. Y es que Frank
(Roosevelt) probablemente hoy sería un dreamer. Es realmente momento de hablar, de que la
gente se haga escuchar y la forma de hacerlo es votando para terminar estas políticas y
atrocidades que están sucediendo con niños siendo capturados en la frontera y atrapados en
jaulas.
“Eso estaba muy presente en mi mente cuando David Simon, con quien he trabajado en otras
ocasiones, vino a mí con este proyecto. Yo soy una gran fan de Philip Roth y amé este libro y nunca
pensé que sería tan relevante en la actualidad pero lo es, tristemente”.
Mostrando con orgullo el libro de Roth, Ryder consideró que ya hemos tenido suficiente.
“Espero que logremos hacer que la gente salga a votar”, agregó.
Sobre lo complicado que es encontrar historias comprometidas y profundas para interpretar,
señaló:
“Es realmente difícil, mucho, y agradezco profundamente a David Simon por estas oportunidades.
Yo creo que todos le estamos muy agradecidos: desde Zoe (Kazan), Morgan (Spector), Anthony
(Boyle) y todos aquí, incluyendo los niños de la serie que, por cierto, son fenomenales”, dijo
emocionada.
“Puedes ver qué sensible me pongo al tocar el tema pero es que es algo muy importante y esta
serie es de lo que más orgullosa me siento de haber hecho en mi carrera”, afirmó.
David Simon comentó que si se lee el libro de Roth, se darán cuenta de que es un perfecto ejemplo
de lo que actualmente estamos viviendo políticamente.
Roth en su historia mostraba el antisemitismo de los años 40 y la vulnerabilidad de los judíos
americanos que escaparon del holocausto en la Segunda Guerra Mundial y la auténtica amenaza
histórica que Lindbergh representaba de ganarle a Roosevelt en 1940.
Pero también, dijo, es una alegoría de nuestros tiempos en el sentido de cómo se juzga hoy a los
inmigrantes, cómo se genera el miedo hacia ellos para usarlo como un arma política y de poder.
“Hoy en día el antisemitismo está resurgiendo porque en cualquier parte en donde se permita la
intolerancia se permite el odio”.

Festivales

La película que deberíamos escribir

Llevamos décadas viendo en las pantallas del cine imágenes dolorosas y brutales de la violencia
que existe en nuestro país.
Historias que han reflejado la gran descomposición social que se vive en México y que han
causado conmoción.
Sin embargo, con tristeza, esta semana comprobamos que lo que hemos visto en la gran pantalla y
tanto nos perturba no ha logrado imaginar hasta dónde puede llegar el horror de la realidad.
El asesinato de la pequeña Fátima ni el guionista más oscuro hubiera podido escribirlo, no se
hubiera atrevido a pesar de ser ficción.
Y sin embargo, es una historia que ha ocurrido. ¿Qué tiene que pasar en una sociedad para
permitir esto?
Sobrecoge el corazón y sacude reflexionar respecto al tema.
Ahora la pregunta es, ¿hasta cuándo? ¿Será otra muerte de la que hablemos durante días en las
redes sociales hasta que ocurra otra y otra y otra más?
Si estuviéramos en una película hollywoodense es aquí cuando estaríamos esperando que surgiera
el héroe, el respiro en la historia, el giro que nos llevara a un final feliz porque no soportaríamos
seguir viendo esta trama si no hay algo de lo que podamos agarrarnos.
Aquí es donde viene el trabajo de nosotros como personas y como sociedad de pensar, ¿qué
vamos a hacer para darle sentido a estos hechos? ¿Qué acciones, valores, comunidades,
asociaciones pueden ser nuestros héroes? ¿Hacia dónde vamos a dirigir todo este dolor?
Necesitamos construir nuevos caminos, posibilidades y herramientas.
A mí me gustaría escribir un guión para México en donde no haya cabida para la indiferencia ni el
egoísmo y a raíz de tocar fondo con este asesinato se viera cómo va surgiendo una fuerza
poderosísima que se va haciendo más fuerte que el villano.
Una manifestación tan potente de rechazo a lo que ocurre ante la cual los políticos de todos los
partidos no puedan hacer más que escuchar.
Comunicadores, escritores, celebridades, artistas, empresarios, financieros unidos para desatar
una gran campaña contra la violencia que mueva a las personas en masa a sumarse a los pequeños
esfuerzos que juntos sean infinitos, en donde todos podamos parar un segundo y saber que esto
es urgente, importante y que si no hacemos algo hoy, seguirá pasando.
Un proyecto realizado por el experto italiano en infancia, Francesco Tonucci, explicó cómo las
sociedades más seguras son aquellas en las que los niños pueden ir caminando solos a sus casas
desde el colegio y estar en las calles porque eso indica que hay una comunidad que los cuida, en la
que los adultos son confiables y donde si algún chico de la tribu está en problemas alguien sin
duda acudirá a ayudarlo.
Mi película tendría ese final, el de un México en el que las personas después de tanto dolor han
decidido decir basta y crear entornos seguros, en donde una pequeña Fátima al salir de la escuela
llega a su casa porque la mujer que le tiende la mano es su protectora.
El filme que ya no soporto es el que al terminar nos deja con el nudo en la garganta y el estómago
revuelto.
La película que tristemente no hemos podido dejar de escribir y ver en nuestras pantallas.
¡Basta ya!