Lo que buscamos este 2020

Me parece revelador el estudio que Google lanza cada diciembre acerca de lo que fue más buscado en su plataforma.

Columna publicada en El Universal

Llegó el momento de hacer listas de todo. En el mundo del entretenimiento es tradición poner en un ranking las mejores películas, obras, canciones, conciertos (aunque este año la mayoría hayan sido virtuales), celebridades, etcétera.

En este fin de ciclo todo suena vacío con la frustración de haberse realizado a medias.

Vivimos muchos años en uno y sólo unos meses a la vez.

Más reveladoras que las listas me parece el estudio que Google lanza cada diciembre acerca de lo que fue más buscado en su plataforma. Puedo estar horas mirando los resultados.

Hay cosas que no sorprenden, como el que “coronavirus” haya sido la palabra más consultada de este 2020. O que Joe Biden fuera la figura con más clics. Tampoco es casual que las palabras “election results” fueran tecleadas sin descanso cuando la mirada del mundo estaba puesta en si iniciaríamos otra década con Trump.

Tampoco faltó Parasite como la cinta número uno.

La proeza de conseguir el Premio a Película y Película extranjera de forma simultánea marcando un hito en la historia fue sólo el inicio de un año en el que todo lo impensable estaba por pasar.

No es extraño que Tom Hanks fuera la celebridad más buscada porque se convirtió en la primera estrella en anunciar que él y su mujer tenían covid-19.

También fue la primera en aparecer desde su casa, sonriente y recuperado en la primera emisión del mítico programa Saturday night live show que desde el confinamiento siguió transmitiendo con ingenio.

Pero el show más visto no fue en un estadio sino desde las computadoras. Organizado por Lady Gaga, Together at Home reunió a cientos de personalidades que ayudaron a recaudar más de 127 millones de dólares que se donaron a la lucha contra el covid.

Pudimos ver a estrellas como la propia Gaga pero también a John Legend, Taylor Swift, Paul McCartney por mencionar a algunos, de la larga lista de colaboradores.

Las personas no sólo se refugiaron en el ocio para sobrevivir al tedio de la pandemia sino que también se pusieron a estudiar, lo más solicitado fue “cómo aprender a codificar”.

“Cómo ser un aliado” fue mucho más importante que “cómo ser un influencer”. Y la frase “cómo ser un maestro” fue más necesaria que nunca.

El emoji de los abrazos se cambió por el que tiene una mascarilla, la meditación desbancó a las clases de pilates mundialmente.

Pero yo me quedo con que “cómo ayudar” rompió récords este año. Demasiados meses en los que las pérdidas se hicieron constantes y cotidianas pero en los que también surgieron nuevos héroes, como la comunidad sanitaria que sigue luchando sin descanso, los abuelos que con su resistencia y paciencia nos han dado lecciones de vida a los que en teoría somos más fuertes, los niños que con su resilencia y vitalidad han hecho posible que los adultos podamos seguir echándole leña a la máquina de la productividad.

Pese a que ha sido un 2020 muy complicado también tenemos mucho que agradecer y por ello, “cómo dar gracias” fue otra búsqueda récord.

Diego Maradona, de Kapadia

Columna publicada en El Universal

El director británico narra la vida del astro utilizando grabaciones de su estancia en la ciudad que lo vio convertirse en “dios”

Al pensar en Maradona se me viene a la mente la imagen de una persona que acabó devorada por su personaje. En Cannes 2019, el director británico Asif Kapadia presentó el documental basado en su vida, Diego Maradona. 

En él, Kapadia logró presentarnos los botones más sensibles de la estrella. Recuerdo bien cómo el futbolista trajo en vilo a la organización del festival de Cannes, pues hasta el último momento no se sabía si aparecería o no por la alfombra roja. 

Al final no lo hizo. La explicación oficial fue que el futbolista estaba en México recuperándose de una operación del hombro que le impidió volar. 

Lo que se comentaba en los pasillos es que Diego estuvo debatiéndose hasta el último momento si aparecer frente a los fotógrafos y ofrecerle en bandeja al mundo las imágenes de su deterioro sería una buena idea. 

Después de ver el documental de Kapadia lo segundo suena más real. 

En esta pieza el director narra la vida del futbolista argentino utilizando grabaciones inéditas de su estancia en Nápoles, la ciudad que lo vio convertirse en “dios” y descender a los infiernos de la droga hasta vincularlo con la Camorra italiana. 

Al futbolista se le escuchan decir frases como “me importa más la gloria que la plata”, “cuando estoy en la cancha se va la vida, se van los problemas, se va todo”, “estaba muy solo, estaba muy arriba”. Pero algo muy importante del documental es lo que Diego no dice pero que se puede ver y son las situaciones que nos dan pistas de la personalidad del futbolista como por ejemplo que al lado de su cama tenía siempre a la Virgen de Guadalupe o el fastidio y desesperación que vino cuando, después de conseguir todos los triunfos posibles para su equipo napolitano, quería salir de Italia y ni el presidente del equipo, ni la mafia, lo dejaban irse, y cómo esta prisión de lujo en la que en ocasiones se convierte la fama le causó la depresión que fue el punto de inflexión en su vida. 

Kapadia me contó que llegar a Maradona fue la última pieza de un rompecabezas que empezó a armarse cuando en 2012 al director se le acercó el productor independiente Paul Martin que antes era un periodista deportivo y le dijo que tenía una joya: las grabaciones caseras de la estancia de Maradona en Nápoles. 

Se dice que fue el propio Diego quien contrató a las personas para que le hicieran estos videos y así crear un registro para protegerse en caso de que la mafia intentara secuestrarlo. 

El resultado es un tesoro que muestra un lado nunca visto de Maradona y que nos ayuda a entender lo que vivió. El mayor documento de ese Diego que apenas conocimos antes de que Maradona lo devorara.

Vivir un festival en la era del Covid-19

Columna publicada en El Universal

Descubrí que yo era presa del síndrome de la cabaña cuando subirme o no al avión para ir al Festival de San Sebastián desde Nueva York se convirtió en un dilema.

Te vas encerrando dentro de tu burbuja de seguridad sin darte cuenta de cómo, las cosas que antes eran cotidianas ahora te parecen un mundo.

Los psicólogos le dicen el síndrome de la cabaña y es probable que lo tengas sin darte cuenta. Descubrí que yo era presa de él cuando subirme o no al avión para ir al Festival de San Sebastián desde Nueva York se convirtió en una decisión que me quitó el sueño durante semanas.

Llevo 20 años cubriendo festivales de cine por el mundo y si algo disfrutaba eran esos momentos en el aire que ahora me angustian.

Salir de casa no fue sencillo, pero lo que vino después tampoco, pues me encontré con la realidad de este mundo en pausa al ver el aeropuerto de JFK vacío y sus luces a medio encender, la mayoría de las tiendas cerradas, sólo un lugar para comer.

Lo mismo me ocurrió al llegar al aeropuerto de Madrid en el que un letrero enorme te avisaba que esos artefactos que parecían cámaras en realidad eran termómetros que toman la temperatura masiva de los que entran al país.

Formularios de salud aquí y allá, una carta que firmas al festival y al gobierno vasco prometiendo que si tienes cualquier síntoma avisarás y te pondrás en cuarentena.

La tensión de no saber cómo será el final de una experiencia en la que somos nuevos, pues sólo ha habido otro festival presencial desde que la pandemia empezó, el de Venecia, y aunque parece que ha ido bien aún es pronto para conocer el saldo real.

Te sientes un poco imprudente por estar ahí, ¿y si luego no puedes volver?

La primera función en una sala es una experiencia, los asientos están asignados con antelación, no tienes a nadie a los lados y una vez que empieza la película no hay manera de salir del teatro hasta el último crédito.

La mascarilla hace que se te empañen los lentes y no veas, menos mal que días después una compañera te comparte el truco: hay que encontrar la ubicación exacta donde apoyar el armazón sobre la nariz.

Geles desinfectantes, un flus flus de alcohol cada que entras o sales de cualquier recinto y esos saludos a medias que se te atragantan cuando te encuentras con un viejo amigo a quien sin pandemia hubieras abrazado muy fuerte. Pero algo se mantiene intacto y es la burbuja que va creando estar en un festival, ir viendo las historias en la pantalla grande, comentarlas por horas, correr a hacer la entrevista, escribir rodeado de colegas que son amigos y que te hacen reír a carcajadas con sus ocurrencias, el momento de la cena juntos, con distancia, pero juntos, despertar al día siguiente para volver a la rueda.

Y por momentos se te olvida que llevas todo el día con la mascarilla, que las manos se te están partiendo entre tantos flus flus. Has estado más expuesto que nunca al virus pero como estás inmerso en la burbuja, ¡hasta disfrutas! Luego vuelves a la realidad, al vuelo trasatlántico con sólo 14 pasajeros, al único duty free abierto lleno de anaqueles con cientos de productos en descuento a punto de caducar.

Y te parece un milagro haber podido estar en un festival. Y te das cuenta, sí, que estás volviendo a tu cabaña.

Lo imperdonable de Ellen DeGeneres

Es indignante lo que ocurrió alrededor de la productora de The Ellen DeGeneres show, pues le
arrebató al público la idea del personaje extraordinario que representaba la lucha por la igualdad
El caso de Ellen DeGeneres —una de las presentadoras más amadas de EU que últimamente ha
caído en desgracia tras las acusaciones de abusos, racismo y acoso en su famoso programa The
Ellen DeGeneres show— ha sido uno de los más decepcionantes que han seguido los medios de
todo el mundo del entretenimiento.
Lo que ha ocurrido dentro de su productora, en la que se suponía se creaba un proyecto cuya
misión era generar felicidad es indignante.
Era una mujer que luchaba por la diversidad, una figura solidaria que actuaba como catalizador en
la sociedad mega capitalista de EU y que salió con valentía del armario para abrirle camino a otras
celebridades que temían hacerlo y que luchó por los derechos de la comunidad LGTB.
En los casi 17 años que duró su programa no hubo figura que no se sentara en su butaca de
entrevistados: fue desde Barack Obama hasta Brad Pitt, pasando por otra de las mujeres más
influyentes de América, Oprah Winfrey. La lista es infinita.
Pero no, resulta que todo era un espejismo, una perfecta maquinaria de mercadotecnia para crear
el personaje de esta mujer humanitaria y cercana que generaba una fortuna con su show, cientos
de empleos y de intereses, empezando por los de ella misma que con este personaje cobraba un
sueldo de 50 millones de dólares anuales.
La realidad, se descubrió, es que tras bambalinas Ellen era una jefa prepotente, ambiciosa,
caprichosa y abusiva.
Que sus empleados callaron durante mucho tiempo por miedo a las represalias y a que la opinión
pública nunca hubiera querido creer la realidad, pues renunciar a lo que Ellen nos vendía es muy
duro.
Darse cuenta de que esa persona que te hace reír y que el mundo parezca un poco más amable es
mentira enoja porque quizá lo más grave de todo esto es la decepción que queda tras descubrir,
otra vez más, que no podemos creer en nadie y que el final feliz no existe.
Por ello es que la posible renuncia de Ellen sabe a poco en medio de todo el escándalo, porque
aunque haya un cierto dejo de justicia al saber que se tendrá que someter al escrutinio público,
que perderá privilegios y que del amor pasará al odio como ha sucedido con tantas otras estrellas
a quienes la verdad los ha alcanzado, el daño es irreparable porque el mensaje que ha dejado es el
de que no existen las buenas intenciones en el mundo de los reflectores y nos quita el pequeño
espacio que nos quedaba para darle cabida a la ingenuidad, a pensar que tal vez existía alguien
que cuando todo se ponía oscuro, nos hacía reír y recordar que hay lugares felices. Que
DeGeneres nos haya arrebatado a Ellen es imperdonable.

Aprender a saborear las películas

Estar tan conectados de inmediato nos ha dado muchas posibilidades pero
también nos ha hecho perezosos y se ha llevado por delante los momentos de
reflexión que nos hacían posible disfrutar del arte en profundidad.
En el cine, por ejemplo, pareciera que es obligatorio dar un veredicto de las
películas nada más terminar de verlas.
Eso a veces no es posible, porque hay filmes que necesitan una lenta digestión,
un tiempo de procesar lo visto, de saber si ese golpe al estómago que el
director te hizo sentir estaba justificado, si el malestar que te provocó después te
trajo una catarsis maravillosa y si ese tema que tu mente se quedó rumiando
varias noches al final te hizo clic.
Me ha pasado con cintas como Parasite o El hoyo —por mencionar algunas— que
la gente nada más verlas me “whatsapea” diciéndome que no la entendió y que
si le puedo explicar por qué es tan buena.
Lo cierto es que todo este tipo de películas no funciona así y si lo que la gente
espera es un recetario de cómo saborearla se está perdiendo de lo mejor: del
proceso de digerirla.
La primera vez que vi Parasite fue en Cannes, cuando nadie sabía nada de ella y
se presentaba al mundo virgen de etiquetas. Recuerdo las risas al principio, el
desconcierto al final.
Salí mareada de la proyección, con la cabeza dinamitada.
Los periodistas tardamos días en procesarla, no parábamos de hablar de ella, de
encontrarle capas y capas de profundidad, de inventarle sentidos que quizás el
director ni se imaginó (porque también eso es el cine, lo que cada uno le pone a
las historias según su propia experiencia) y después de ver muchas otras cintas
Parasite seguía en nuestro sistema y ahí es cuando tienes la certeza de que algo
grande se cocinó y de que, con suerte, el resto del mundo también podrá verlo
en las salas y tener la misma experiencia.
Lo mismo ocurrió con Joker, que durante meses se encasilló en una polémica
que lo único que demostraba era otra mala digestión del filme.
Porque lo que ocurre con este tipo de cintas es un proceso, un dejar que las
historias nos toquen, nos cambien.
No podemos esperar salir del cine con la misma sensación que nos deja una
comedia romántica o el último filme de Los hombres de negro, cuya función de
entretener también es muy válida, pero que no son comparables.
Parece un sacrilegio decir que a veces hay que esperar, porque en la era del tuit
todo exige resumir en 140 caracteres las experiencias. Y resulta que la vida es
más compleja y que los filmes que se esmeran en explorarla a profundidad
tienen poca justicia en los resúmenes y en el veredicto fácil e inmediato.
Por ello es que cuando alguien me pide que le explique un filme con esa
ansiedad de quererlo entender todo en un segundo yo le regalo el silencio. Para
que indague un poco en la incomodad que le provoca el no saber.
Para que, con suerte, se quede rumiando unos días lo que vio y empiece a
disfrutar el placer que provoca el ir encontrando esos hilos que van desatando
los encuentros. Y entonces, sí, ya puedes tuitear.

Inmunidad a la venta

En los últimos días, los mensajes que nos llegan más allá de la pandemia son de una profunda
crisis de valores que lleva décadas calando profundo en la sociedad norteamericana pero que
encontró terreno fértil para hacerse patente en los tiempos en los que todo parece ser permitido,
pues aquello de que nadie está sobre la ley no se ha cumplido en la actual América de las
libertades cada vez más atropelladas por el mandatario estadounidense cuya inmunidad se ha
blindado.
Para darle una nueva bofetada al sistema Netflix acaba de lanzar el documental Jeffrey Epstein:
Filthy Rich, en donde en cuatro episodios se puede ver la trama de abuso a menores, tráfico de
adolescentes y otras tantas aberraciones que un billonario carismático logró hacer durante
décadas y ante las que las más altas esferas del mundo cerraron los ojos.
Sí, Epstein era un pedófilo, un manipulador y un criminal pero también era billonario, amigo de los
Clinton, de Trump o del príncipe Andrés de York entre otros nombres de élite que lo protegieron
hasta que las evidencias hicieron imposible que siguiera impune y entonces fue encarcelado en
una prisión de máxima seguridad en la que se suicidó.
Hay muchas evidencias que apuntan a que el suicidio fue en realidad un asesinato para evitar que
otros poderosos cayeran, si a Epstein se le ocurría hablar, así que el meollo del asunto está en la
ira que produce comprobar que la inmunidad sí se puede comprar.
En esa misma tesitura está la indignación que ha generado la muerte del afroamericano George
Floyd por la brutalidad de un policía blanco.
Parecería un tema aislado al de Epstein pero no lo es, pues estas muertes repetidas de
afroamericanos a manos de fuerzas blancas son una epidemia y un síntoma de lo que se esconde
en esta sociedad en donde los más vulnerables siempre son los más desfavorecidos y en donde el
discurso reinante es que está bien saltarse las normas porque al final, el que más tiene, gana.
Y si ha habido un medio que ha mostrado este racismo que no es políticamente correcto
reconocer pero que se respira en todos los ámbitos de la vida estadounidense ha sido el
cinematográfico.
Sin embargo, pese a que se han hecho grandes películas que denuncian estos abusos
magistralmente Hollywood también ha sido parte de este cáncer que carcome a la sociedad y por
ello no debe extrañar que, aunque haya muchos famosos que desde sus redes sociales se
manifiesten en contra de lo ocurrido o pongan sus perfiles en negro, sus colegas les repliquen con
otro tuit preguntando qué más van a hacer para terminar con el racismo.
Algunos como Jane Fonda ya se han puesto manos a la obra movilizando sus influencias, otros
como Steve Carrell o Cynthia Nixon han pagado las fianzas de los manifestantes encarcelados.
Pero la pregunta desesperada que aún está sin responder es, ¿qué más vamos a hacer, como
sociedad y personas? La única respuesta que parece unánime y no discrimina es: votar.

El Festival de Cine Internacional de Cannes: el negocio…

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.

Cuando las estrellas mienten

Después de 10  años viviendo en Estados Unidos puedo decir que una de las cosas que más nos cuesta entender a los latinos es que los hijos se tengan que ir de casa cuando entran a la universidad. Pero algo que es igual de inquietante y nadie te cuenta es cómo, desde que los niños están en tercero de primaria, las escuelas públicas separan a los “más talentosos” para que tengan clases de mayor nivel que el resto.

Es decir, que desde que un niño tiene ocho años ya está compitiendo y así será toda su vida escolar si quiere conseguir ser parte del 6% de los jóvenes elegidos por una universidad prestigiosa que les garantizará seguir en el sistema del “sueño americano”, es decir, formar parte de la élite para a su vez, en un futuro lograr trabajos bien pagados que les permitirá replicar el modelo con su futura descendencia pudiendo pagar lo que cuestan estas colegiaturas top (un promedio de 60 mil dólares anuales) y hacer que la rueda del consumo y el “bienestar” sigan girando indefinidamente.

Entender esto explica por qué el escándalo en el que se han visto implicadas estrellas como Lori Loughlin que enfrenta una condena posible de hasta 20 años de cárcel (Full House) y Felicity Huffman (Mujeres desesperadas) ha tocado fibras tan sensibles, pues han puesto en evidencia que hasta lo más sagrado del sistema, la meritocracia, el “si te esfuerzas lo consigues”, está corrupto.

A estas alturas es bien sabido que Loughlin pagó 500 mil dólares para asegurarle dos lugares en una de las universidades más cotizadas de Estados Unidos, la USC (University of Southern California) a sus hijas gemelas o que Huffman dio una suma de 15 mil dólares para subirle el puntaje a su hija en el examen que más cuenta en las admisiones. Pero lo cierto es que ellas son sólo la punta del iceberg de una operación en la que se encuentran involucradas más de 30 familias poderosas según ha detectado el FBI y lo que estará por descubrirse.

Muchas veces le he preguntado a las estrellas si sienten que la fama también los pone en un lugar de responsabilidad porque se vuelven modelos a seguir. La mayoría entiende el compromiso que tiene estar bajo los reflectores.

Muchos de ellos, incluso, se vuelven activistas. Pero algunos se excusan diciendo que su función se limita a entretenernos. Lo cierto es que el impacto que tiene lo que hacen los famosos es muy grande y este caso lo demuestra.

Lo que ellas hagan o dejen de hacer genera eco en la sociedad porque las celebridades ejemplifican mejor que nadie el sueño de que la fama y la fortuna se pueden conseguir trabajando duro y con talento.

Si los jóvenes que se han pasado una infancia y adolescencia construyendo su currículum para competir en el sistema dejan de creer, el capitalismo y los pilares en los que está cimentada esta sociedad revientan. Y eso no se puede permitir, menos si eres una estrella.

Cultura en tiempos de pandemia

¿Qué pasaría si no hubiera música, películas, libros y arte a los cuales recurrir en estos días de
cuarentena?, es una pregunta que he visto circular constantemente por las redes sociales.
No puedo imaginarme un encierro como el que estamos viviendo sin esos escapes. Y, sin embargo,
aún se sigue poniendo en tela de juicio la importancia de no dejar que la cultura muera, de
rescatar las salas de cine que posiblemente cerrarán en muchas ciudades del mundo y de lo
fundamental de las ayudas para no asfixiar a nuestros artistas, esas personas que nos regalan la
posibilidad de explorar otros mundos, de visitar distintas realidades y lo más importante, de
reflexionar.
Hace unas semanas el cineasta británico Christopher Nolan, director de Dunkirk, le escribió una
carta al Congreso de Estados Unidos en la que le imploraba que no dejara de ayudar a la industria
cinematográfica más potente del mundo.
“Cuando esta crisis pase, la necesidad de la participación colectiva humana, la necesidad de vivir,
amar, reír y llorar juntos, será más poderosa que nunca”, apuntaba en la carta abierta que le
publicó el diario The Washington Post.
Y es que es en los momentos de crisis como éstos en donde lo esencial empieza a dejar de ser
invisible y se manifiesta con claridad ante nuestros ojos. Como la gran necesidad de mantener vivo
al periodismo objetivo, veraz y ético. De contar con fuentes, cronistas y buscadores de la realidad
que nos transmitan lo que está pasando sin filtros políticos o económicos, en dónde la profesión
vuelve a recobrar su pulso vital tan desgastado y golpeado por la hiper información a la que
estamos expuestos con la tecnología.
Siempre he sido una romántica de esta profesión, una fiel creyente de que sólo a través de una
escritura limpia, curtida a base de esfuerzo y honestidad, se pueden combatir a grandes enemigos
como el ego de los mandatarios, las trampas de los poderosos o los discursos masivos dictados por
las agendas interesadas.
Y es en momentos de esta zozobra cuando el periodismo más puro se vuelve esencial para respirar
y encontrar los caminos, para acompañar a los líderes que logran tomar las riendas y vigilar a los
que las sueltan. Para ser ese cuarto poder que regula los gritos de los que mandan y darle la voz a
los más indefensos.
También para eso está la cultura, para darnos oxígeno y recordarnos que somos más fuertes de lo
que pensábamos, para vernos reflejados en esos héroes y en esas víctimas, para reírnos muy
fuerte cuando al corazón lo están apretando demasiado o ayudar a que fluyan esas lágrimas que
se han secado de tanto retenerlas ¿Quién no se ha refugiado en las historias o en la música estos
días?¿Quiénes han estado ahí para contarnos lo que está ocurriendo más allá de nuestras cuatro
paredes de confinamiento?
Cuando todo pase y volvamos a las prisas del día a día no olvidemos lo que se nos reveló como
esencial y no dejemos de protegerlo porque de otra forma no habremos aprendido nada y, cuando
llegue la siguiente pandemia, seremos más vulnerables.

Para Hollywood, las actrices envejecen cada vez más

Hace unos años me enojé mucho al ver que Nicole Kidman se había vuelto adicta al bótox. “¿Cómo es posible que se haya hecho eso con lo guapa que es?”, pensaba mientras la entrevistaba por la película The paperboy. Me parecía innecesario que se esforzara por ocultar lo evidente: estaba envejeciendo.

“Hay que hacerlo con gracia”, “las arrugas son las marcas de nuestra vida”, son frases que solemos repetir. Lo cierto es que desde ese momento han pasado ocho años y yo también he empezado a envejecer y a entender por qué a las actrices este proceso les cuesta más que a nadie.

Hay un estudio que realizó la revista TIME analizando la trayectoria de más de 6 mil actores en el que se demuestra cómo las mujeres al principio de sus carreras reciben más ofertas para interpretar papeles que los hombres, pero cuando ellas cumplen 30 años ¡pum! la cifra empieza a descender de forma vertiginosa hasta tener que arañar cada personaje. Por el contrario, la carrera de los hombres llega a su cumbre a los 46 años y se mantiene así muchos más. Con el tiempo esto ha empeorado: cada vez más, ellas dejan de trabajar antes de los 30 y a ellos les va mejor después.

Maggie Gyllenhaal ha contado cómo a los 37 años le negaron un papel porque era demasiado mayor para interpretar a la pareja de un hombre de 55.

Meryl Streep, próxima a cumplir 70 años, ha confirmado esta teoría al asegurar que las mujeres que tienen 60 años están viendo decrecer las oportunidades antes de lo que lo hacían sus colegas de más edad.

En un artículo de Vogue en 2011, Streep contó cómo fue cumplir 40 años: “Miré a mi marido y le dije: ‘¿bueno, qué deberíamos hacer ahora? Porque esto se acabó’”.

Ese año Meryl donó dinero a un laboratorio de guionistas para proyectos con mujeres maduras. Julianne Moore, a sus 59 años, ha empezado a hacer lo mismo.

No todas las actrices tienen la oportunidad de desarrollar sus propios proyectos y para muchas la pregunta de la edad sigue siendo un tabú y la respuesta un cliché, pues cada vez que le menciono el tema de los años a alguna estrella de Hollywood ésta suele tener la sonrisa lista para decir que ama las marcas que le ha dado el tiempo.

La que más me conmovió es Jane Fonda quién al hacer su documental Jane Fonda in five acts declaró que se arrepiente por haberse hecho esclava del bisturí: “Odio el hecho de haber tenido la necesidad de alterarme físicamente”.

Y yo sólo puedo pensar en lo mucho que la entiendo. A ella, a Nicole Kidman y a todas las mujeres que necesitan detener el tiempo para no volverse invisibles.