¿Por qué Iñárritu ha tenido tanto éxito?

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una charla acerca de cómo fomentar la creatividad en una escuela secundaria al norte de Nueva York que impartió el doctor Jonathan Plucker de la Universidad Johns Hopkins.

Algo que me quedó rondando en la cabeza fue la afirmación de cómo “las personas más exitosas no son las que tienen las mejores ideas sino las que creen que sus ideas son las más creativas”.

La lista de ejemplos fue larga pero obviamente no pudo faltar Steve Jobs ni cineastas como Steven Spielberg.

Siempre digo que lo mejor de cubrir los festivales de cine durante tantos años es poder ser testigo de estos procesos de éxito y ver cómo poco a poco nacen las estrellas.

Alejandro González Iñárritu es un perfecto ejemplo de lo que dice el doctor Plucker de la importancia de creer en tus ideas como las mejores.

Hace un par de años, cuando a Iñárritu se le ocurrió el proyecto de hacer un cortometraje en el formato de realidad virtual, muchos cuestionaban que esa tecnología fuera una buena idea para el cine, ¡menos para llevarla a Cannes!

Pero él estaba convencido de que no había mejor forma de implicarnos en un tema como el de la inmigración que haciéndonos vivir al extremo la experiencia de estar cruzando la frontera entre México y Estados Unidos sin documentos.

¿El resultado? Una de las propuestas más visionarias que ha tenido el cine en los últimos años. Pero él siempre ha sido así, pues desde que llegó al Festival de Cannes por primera vez en el año 2000 con Amores perros bajo el brazo para presentarse en la Semana de la Crítica del Festival y nadie lo conocía, Alejandro sabía que tenía un buen proyecto pero sobre todo, creía en él.

En ese entonces se alojaba en un pequeño hotel de tres estrellas y estaba presente en todos los eventos, películas, cocteles y cafés dispuesto a hablar del filme cuantas veces fuera necesario.

Incluso hay colegas que aseguran que insistía en pedirles que entrevistaran a Gael García “porque es un actor muy talentoso y ya verán que va a triunfar y se va a convertir en una estrella”, les decía.

Otra de las cosas que el doctor Plucker recalcó es que lo más interesante de las personas con éxito es su trayecto hacia él.

Concuerdo, pues en los más de 20 años que tengo haciendo entrevistas, cuando le he preguntado a quienes han conseguido llegar a los cuernos de la luna de su profesión qué es lo que más disfrutan al triunfar, la respuesta siempre es la misma: el proceso.

El propio Iñárritu fue uno de ellos. Este año, su nombramiento como presidente del Jurado en el Festival de Cannes que se realizará el próximo mayo lo puso en el mapa de la historia como el primer mexicano en tener ese honor y, aunque imagino lo mucho que lo disfrutará, también estoy segura de que en algún momento de su paso por las alfombras rojas del festival o mientras se prepare para salir de su hotel de lujo rumbo a los múltiples eventos a los que será invitado no podrá evitar recordar cómo llegó hasta ahí y sentirá un poco de nostalgia.

Cómo aprender a vivir entre cuatro paredes

Grand Central estaba casi vacío y Broadway apagó sus luces por tiempo indefinido. La imagen
desoladora de Times Square que hubiera sido impensable hace apenas dos semanas se hizo
realidad de forma vertiginosa.
La ciudad que se caracteriza por sus restaurantes, bares y ocio colgó los carteles de cerrado por
todas partes: museos, peluquerías, spas. Todo se detuvo.
Y nos metimos a nuestras casas, con los niños aprendiendo a distancia y la tecnología más
presente que nunca.
Pero la vida no se detiene y después de varias jornadas de angustia y de dar vueltas por la casa
torpemente se empiezan a encontrar nuevas formas de conectar.
Las estrellas de Broadway no han dejado de cantar, por ejemplo, y hace dos días comenzaron a
ofrecer conciertos en vivo desde plataformas creadas para sobrevivir a la pandemia a ambos lados
de la pantalla.
Lo mismo pasó con los museos que dan tours virtuales a sus salas, la Opera Metropolitana que
ofrece sus programas en streaming y los cientos de webs que dan ideas para entretener a los
pequeños que revolotean por la casa.
Entretenimiento sobra, lo que hace falta es encontrar nuevas rutinas que nos ayuden a pasar las
horas sintiendo que seguimos respirando.
Lo que estamos aprendiendo los que llevamos algunas semanas de ventaja en esto del
confinamiento es que hay estrategias que son clave para sobrevivir al día a día más allá de la
tecnología y es la de buscar un nuevo orden.
Sí, hay que tener horarios y disciplina incluso cuando la tentación de quedarse más tiempo en la
cama es muy grande o cuando parece el mejor momento para darse un atracón de series.
Los que tenemos hijos hemos encontrado alivio en la escuela a distancia porque a pesar de que los
padres tenemos que compaginar el trabajo con habernos convertido en profesores de la noche a
la mañana ellos agradecen tener actividades claras y eso al final es lo que empieza a traer la calma.
Entre cuatro paredes también se aprende cómo dar abrazos y tomar cafés por videoconferencia,
se extraña a los verdaderos amigos y se empieza a hacer limpieza de armarios pero también
mental. Se van borrando listas de cosas por hacer, compromisos y personas.
Se vuelven a hacer rompecabezas, a buscar libros qué leer y recetas que cocinar a fuego lento.
El ejercicio se vuelve vital para mantenernos con la mente clara y los días en que se tiene más
fuerza de voluntad y comemos sano comprobamos que estamos más equilibrados.
También se ríe más en las comidas familiares en donde ya no hay prisas, empiezan a surgir
conversaciones para las que antes no había lugar en la agenda, se piensa más, se siente más.
Y nos empezamos a dar cuenta de las cosas que nos sobraban y con las que de verdad queremos
vivir.
El confinamiento es una especie de pausa en el mundo. Y se tienen días muy malos, sí.
Desesperantes, también. Pero lo que nos permite seguir adelante son los buenos, esos en los que
tenemos la certeza de que somos más fuertes de lo que pensábamos y de que esto pasará.
Porque así será: pasará.

Con serie, Winona busca la reflexión Protagoniza «The plot…

Nueva York.— Winona Ryder protagoniza The plot against America, la nueva serie del canal HBO
creada por David Simon y basada en el libro homónimo de Philip Roth, en el que se plantea lo que
hubiera sucedido si en lugar de ganar las elecciones Franklin D. Roosevelt, lo hubiera hecho su
contrincante Charles Lindbergh, simpatizante de los nazis y del fascismo.
En entrevista exclusiva con EL UNIVERSAL a su paso por la alfombra roja en la premier en el Teatro
Florence Gould Hall de Nueva York, Winona explicó su interés por esta serie que se estrena esta
noche a las 22:00 horas por HBO.
“Una de las razones por las que muchos de los que formamos parte de este proyecto quisimos
hacerlo es por cosas como las que están pasando en la frontera ahora mismo. Y es que Frank
(Roosevelt) probablemente hoy sería un dreamer. Es realmente momento de hablar, de que la
gente se haga escuchar y la forma de hacerlo es votando para terminar estas políticas y
atrocidades que están sucediendo con niños siendo capturados en la frontera y atrapados en
jaulas.
“Eso estaba muy presente en mi mente cuando David Simon, con quien he trabajado en otras
ocasiones, vino a mí con este proyecto. Yo soy una gran fan de Philip Roth y amé este libro y nunca
pensé que sería tan relevante en la actualidad pero lo es, tristemente”.
Mostrando con orgullo el libro de Roth, Ryder consideró que ya hemos tenido suficiente.
“Espero que logremos hacer que la gente salga a votar”, agregó.
Sobre lo complicado que es encontrar historias comprometidas y profundas para interpretar,
señaló:
“Es realmente difícil, mucho, y agradezco profundamente a David Simon por estas oportunidades.
Yo creo que todos le estamos muy agradecidos: desde Zoe (Kazan), Morgan (Spector), Anthony
(Boyle) y todos aquí, incluyendo los niños de la serie que, por cierto, son fenomenales”, dijo
emocionada.
“Puedes ver qué sensible me pongo al tocar el tema pero es que es algo muy importante y esta
serie es de lo que más orgullosa me siento de haber hecho en mi carrera”, afirmó.
David Simon comentó que si se lee el libro de Roth, se darán cuenta de que es un perfecto ejemplo
de lo que actualmente estamos viviendo políticamente.
Roth en su historia mostraba el antisemitismo de los años 40 y la vulnerabilidad de los judíos
americanos que escaparon del holocausto en la Segunda Guerra Mundial y la auténtica amenaza
histórica que Lindbergh representaba de ganarle a Roosevelt en 1940.
Pero también, dijo, es una alegoría de nuestros tiempos en el sentido de cómo se juzga hoy a los
inmigrantes, cómo se genera el miedo hacia ellos para usarlo como un arma política y de poder.
“Hoy en día el antisemitismo está resurgiendo porque en cualquier parte en donde se permita la
intolerancia se permite el odio”.

Hablar del pasado es actual

Difiero en absoluto de quienes piensan que mirar hacia el pasado no tiene aprendizajes para la
actualidad. La frase que se le ha atribuido a Confucio y Napoleón Bonaparte que dice que “aquel
que no conoce su historia está condenado a repetirla” no podría ser más cierta.
Últimamente he escuchado muchas quejas acerca de cómo el cine se ha volcado demasiado en
explorar situaciones de otras épocas o en hacer ciertos remakes dejando al lado la modernidad.
Para mí, la clave está en analizar a profundidad qué remake se está haciendo y qué tema se está
revisitando.
Porque sí, Mujercitas, a pesar de haber sido escrita en 1868 por Louisa May Alcott, aún habla de
muchas cosas que siguen sucediendo y de temas que son vigentes. No es extraño pues, que a
pocos años del #MeToo y de que se den a conocer cifras de escándalos de cómo en el siglo XXI
sigue existiendo el techo de cristal y una desigualdad salarial para las mujeres en la gran mayoría
de los países del mundo, Mujercitas y esa Jo que sueña con vivir de su escritura resuene en
muchas madres e hijas.
Sobra decir que el mundo está lleno de Megs, Amys, Beths y Marmees. Y lo cierto es que es bello
poder ver esas historias envueltas en vestuarios y escenarios de otra época que por más lejana
que esté, conecta y dice algo valioso hoy en día.
Qué decir de las películas de guerra. “¿Otra más?”, es la pregunta que he escuchado
constantemente. Otra más, pero ojo, que si se trata de 1917 o de Jojo rabbit no nos están diciendo
algo nuevo sino que nos están recordando algo importante: la guerra duele, el odio destruye, los
extremos son peligros. Alrededor de los días en que 1917 se estrenó en salas, la crispación entre
Estados Unidos e Irán estaba llegando al límite en el que nadie descartaba el inicio de la tercera
guerra mundial.
Así es que no puedo pensar en un tema más vigente y oportuno que en el de ambas películas,
porque cuando las personas piensan que ya basta de hablar de Hittler, surge una película que de
forma brillante nos vuelve a recordar lo que pasa con el fascismo. En una Europa cada vez más
polarizada, con los gobiernos de extrema derecha ganando cada vez más terreno, es importante
recordar lo que ocurre cuando estos llegan al poder.
El cine está hecho para entretenernos, sí, pero también para provocarnos la reflexión, para actuar
como un espejo y plasmar lo que nos ocurre y lo que no hemos aprendido y tenemos que volver a
vivir una y otra vez aunque sea a través de la ficción.
Y sí, también hay cintas que buscan la taquilla fácil, que carecen de contenido y de invención, que
pueden estar disfrazadas de tecnología, de temas “actuales” y de aseveraciones superficiales. La
calidad y profundidad de las mismas no tiene que ver con el año en el que se sitúan, la época que
les da contexto o el tema que se está abordando sino con cómo lo hacen, hacia dónde te llevan.
En ese sentido, mirar al pasado no podría ser más progresista.

Cuando nuestros ídolos de la infancia se convierten en…

Columna publicada en El Universal

Una de las cosas difíciles al crecer es que con los años también se van encadenando las decepciones. No todos los finales de los cuentos son felices y muchas de las historias que nos contaron son falsas, como la de esos niños que admirabas y creías que lo tenían todo: trajes de colores, amigos, fama y sobre todo, el amor y la aceptación del mundo, llámese Parchís, Luis Miguel, Drew Barrymore, Macaulay Culkin, Lindsay Lohan o Miley Cirus.

Conocer la historia de cada una de esas estrellas de las que eras fan y luego compadeces es una bofetada a las ilusiones con las que crecimos.

Niños explotados, víctimas de la ambición de los adultos que se aprovechan de esos años de inocencia en los que los pequeños cantan, bailan, actúan y hacen lo que sea con tal de sentirse queridos y arropados por esa fantasía que cuando revienta trae consecuencias irreversibles.

Pero lo que más me asombra de estas historias no es que en la mayoría de ellas exista un mánager truculento o una casa discográfica que se queda con las ganancias de forma inequitativa o los productores que empujan a la criatura al vacío con tal de lograr el estreno del momento.

Lo más grave son esos padres que arrojan a los hijos a los reflectores, que prefieren cerrar los ojos con tal de recibir ese cheque, ir a ese viaje, vestirse con esas etiquetas, vivir en esa majestuosa casa y poseer esos lujos que nunca soñaron lograr con sus propios méritos.

Lo peor es que la historia se repite una y otra vez, pese a los candados legales que se han puesto para detener estos abusos.

La primera vez que el caso de explotación de una estrella infantil se hizo eco a nivel internacional fue en 1921 con Jackie Coogan, el pequeño histrión que se catapultó a la fama al interpretar junto a Charles Chaplin la cinta El niño.

Coogan se convirtió en el infante mejor pagado de su época pero, al morir su padre, su madre se casó con su mánager y, cuando quiso acceder al dinero que había ganado, ambos se negaron a dárselo (además de que se lo habían gastado casi todo).

Jackie los demandó pero no existía ninguna ley en California que permitiera a las personas acceder al dinero que habían generado cuando eran menores de edad.

Tras la furia que esto generó en la opinión pública se creó la famosa Ley Coogan que protege a los niños artistas de Estados Unidos.

Desde 1921 a la fecha también han pasado por los tribunales demandando a sus padres Gary Coleman (Blanco y negro), Mischa Barton (The O.C.), Leighton Meester (Gossip girl), Billy Unger (Lab rats), Jena Malone (Los juegos del hambre), Chris Warren (High school musical), por mencionar sólo algunos nombres de la interminable lista.

Ahora, cuando me siento a ver una película infantil con mis hijas o me cuentan con emoción lo que hace la joven youtuber del momento, puedo percibir cómo ellas desearían ser esas niñitas adorables que parecen tener el mundo a sus pies y siento envidia al darme cuenta de lo alentador que era cuando yo también creía que esa fantasía existía.

Ya era hora de tener una sirena negra

Columna publicada en El Universal

El día que Disney anunció que la cantante afroamericana Halle Bailey sería La sirenita en su nuevo live action, las redes sociales se revolucionaron con comentarios en contra y a favor.

Para este momento ya han corrido ríos de tinta al respecto y es fácil entender los argumentos de los que no están de acuerdo, pues el impulso normal y a lo que estamos acostumbrados es a pensar que los personajes icónicos de las películas deben permanecer así, con las mismas características físicas. Lo difícil es ir más allá y entender lo que realmente hay detrás de estos cambios. Por un lado, está el aspecto político. Las princesas a lo largo de los siglos no sólo han servido para entretener a las niñas sino para darles un discurso social.

Cuando Disney hizo las películas de Blancanieves y Cenicienta eran los años 30 y 50 respectivamente. Décadas en las que la mujer tenía que centrarse en ser una buena ama de casa y dar calor de hogar a la familia cocinando, limpiando y manteniendo el orden. También eran jóvenes ingenuas y frágiles, algo que se asociaba con la femineidad. La bella y la Bestia de los años 90 revolucionó esa imagen y marcó otro momento clave: a la gran pantalla llegó una princesa que además de ser guapa leía mucho, quería conocer otros mundos y era autosuficiente. Ni hablar de Tiana, la princesa del año 2000 que se convierte en empresaria, no se deja seducir por un príncipe fanfarrón y está dispuesta a todo con tal de lograr sus sueños. Con esto, más allá de si la nueva sirenita debe ser blanca y pelirroja lo que debemos cuestionarnos es hacia dónde nos quiere llevar Disney ahora.

Hace unos meses, Julianne Moore defendía en Cannes las cuotas de las minorías diciendo que sin ellas, el cambio se vuelve imposible. Y quizá tenga razón porque la imposición, aunque no es ideal, puede ser la única forma en que la diversidad florezca y no sea aplastada por la cultura dominante. Mi apuesta está en la creatividad como solución: es urgente empezar a crear nuevos personajes e historias en las que la diversidad exista de forma natural sin tener que forzarla porque lo cierto es que siempre ha estado ahí.

Cuando el autor danés Hans Christian Andersen escribió en 1836 el cuento en el que se inspira la historia de esta bella criatura marina era la época del colonialismo europeo en la que los africanos estaban siendo despojados de sus tierras y a lo único que podían aferrarse era a sus historias, entre las que siempre han estado las sirenas, que para ellos son seres con quienes han convivido durante milenios y a los que se les atribuyen grandes poderes en la vida cotidiana. Ha habido sirenas negras desde el principio de los tiempos y mucho antes de que Andersen y Disney crearan a Ariel. Desde la perspectiva de la historia, lo justo es pensar que ya era hora de volver al origen y de tener una sirena negra con la que cualquier chica pueda soñar.

El incierto futuro del cine

Columna publicada en El Universal

Hace unos días el New York Times publicó un artículo llamado “¿Cómo las películas (como las conocemos) sobrevivirán los próximos 10 años?” en el que se le preguntaba a productores, directores y actores cuál es su visión de la industria en el futuro.

La pregunta ha estado en el aire en los últimos años en los que la popularidad de las plataformas digitales ha explotado pero el debate se ha vuelto urgente pues el cambio ya no es algo imaginario, está aquí. Netflix cambió la forma que tenemos de ver las películas pero es sólo la punta del iceberg pues pronto llegarán otras formas de streaming como Disney, Apple, Warner Bros, etc.

En el artículo, el presidente de Sony Pictures, Tom Rothman, da en el clavo al decir que el meollo del asunto está en encontrar qué películas lograrán hacer que la gente salga de sus casas para ir a un teatro a verlas y pone en la mesa la nueva palabra usada por los grandes estudios: theatricality (teatricalidad).

Algo clave será la selección, pues más que nunca los productores se están preguntando qué piezas son suficientemente originales para estar en un cine y todavía no hay un patrón claro del comportamiento de las audiencias. Por ejemplo, en el caso de Crazy rich asians, de Jon M. Chu, sucedió todo lo contrario a lo esperado y la cinta fue una llamada masiva para acudir a las salas recaudando una taquilla de 26 millones de dólares el primer fin de semana, que la convirtió en la primera película realizada para el público asiático-americano que logra esta posición.

Ahí está la otra cara de la moneda porque aunque siempre estará la tentadora comodidad del sofá, del click y la inmediata satisfacción que han traído a nuestras vidas las pequeñas pantallas, hay momentos en los que la experiencia del cine se vuelve irremplazable.

En los 90 cuando aparecieron los compact disc la industria del vinilo casi desapareció. Dos décadas después, empezó a resurgir. Primero fueron los adultos nostálgicos que querían revivir su juventud con los Beatles, Led Zeppelin, y otras joyas de los años 60 y 70, pero los que le están dando un vuelco a la industria son los millennials, que se han dado cuenta de la calidad del sonido del vinilo (más cálido que el digital) y la experiencia del arte de las portadas, más interesante que hacer una descarga.

En cuanto al cine, quizá la respuesta es el futuro, cuando nos cansemos de ver escenas maravillosas diluidas en la pantalla del celular, cuando añoremos la experiencia comunal de ver junto a familiares, amigos y extraños una misma historia o cuando, simplemente, queramos volver a sentir la magia de estar inmersos, durante 120 minutos, en la sala oscura en la que los 24 cuadros por segundo te hipnotizan.

Del éxito se aprende muy poco

Columna publicada en El Universal

Todavía no se conoce un estudio en psicología que asegure esta afirmación pero lo que me llama la atención es que últimamente me ha tocado escuchar a muchas personas exitosas decir que de los triunfos se aprende muy poco pero lo que los ha hecho más completos como personas han sido sus fracasos.

En eso coinciden muchas estrellas. Entre ellas, Sylvester Stallone, quien en su reciente paso por Cannes reflexionó cómo lo que lo que realmente lo hizo crecer fueron los “no” que los estudios le dieron a él y a sus proyectos a lo largo de su vida.

De esas negativas también supo mucho George Lucas, al que todas las casas productoras lo tomaron por loco con su historia de una guerra galáctica hasta que tras mucho insistir, Fox decidió darle una oportunidad.

Acerca del éxito, Iñárritu me dijo que es algo que te puede envenenar y que por eso siempre se acordaba de las palabras de su padre cuando le repetía que con el éxito había que hacer un buche para después escupirlo. Guillermo Del Toro ha hablado de esto en todas sus clases magistrales y una de las frases célebres de Bill Gates es que, “el éxito es un pésimo maestro, seduce a la gente inteligente para que piense que no puede perder”.

Estamos acostumbrados a ver el éxito como una fotografía estática de las personas sonriendo en un entorno perfecto pero pocas veces tenemos la oportunidad de conocer las historias que hay detrás de esa imagen y en las que, sin duda, ha habido dificultades.

No muchos saben, por ejemplo, que a Gabriel García Márquez todas las editoriales le rechazaron Cien años de soledad y que tuvo que enviar desde México las 700 páginas de la novela divididas en dos partes a la editorial Sudamericana de Buenos Aires porque no podía pagar el coste del peso de todas las páginas juntas.

“Mandamos la mitad de la novela en un primer envío y nos fuimos a casa. Mercedes sacó las últimas cosas que quedaban por empeñar que eran el calentador que yo usaba para escribir —porque yo puedo escribir en cualquier circunstancia menos con frío—, el secador que usaba para la cabeza y la batidora y se fue con eso al Monte de Piedad.

“Con lo que nos dieron volvimos al correo para enviar el resto de la novela. Sólo nos quedaron dos pesos de cambio. Cuando salimos del correo yo me di cuenta de que Mercedes estaba verde de encabronamiento y me dijo: ‘ahora lo único que falta es que la novela sea mala’”, le contó García Márquez al periodista colombiano Germán Castro Caycedo en una entrevista para televisión en 2002.

De lo que no queda duda es de que en estos casos hay un ingrediente común y fundamental y es que todas la personas que han llegado a lo más alto han tenido valor para arriesgar y lo más importante, han creído en sí mismas. Pero hay otra pieza clave y es el motor del éxito, tan importante como el camino para lograrlo. Márquez decía que él había descubierto que escribía para que lo quisieran más. En el fondo, quizá, eso es lo que todos buscamos.

Cannes: el festival del fin del mundo

El Festival de Cannes es una montaña rusa de estímulos, una burbuja en la que te sumerges durante 12 días y todo lo demás desaparece.

Sabía que esta sensación la compartimos los colegas periodistas y críticos de cine porque es algo que se comenta en los pasillos, cafés y salas de prensa constantemente.

Sin embargo, algo que me sorprendió fue comprobar que a los dioses del olimpo cinematográfico también les sucede.

“Estamos aquí y parece que no hay otra cosa que ver películas pero abres la ventana y ves todos los problemas que hay en el mundo y que estamos en una especie de Titanic. Yo he sentido todo el tiempo que este es el Festival del fin del mundo, donde mientras todas las cosas terribles ocurren en el planeta nosotros estamos en una sala de cine viendo historias”, me dijo Alejandro González Iñárritu en Cannes en una entrevista para EL UNIVERSAL

Coincidió en que lo más interesante y perturbador de esto es que cuando tienes la oportunidad de ver las obras de todos los creadores de distintas partes del mundo en un solo lugar descubres que cada año hay un tema con en el que conectan todos los artistas.

Es así como estos festivales se vuelven una especie de oráculo en el que las preocupaciones y visión del futuro de los realizadores se revelan y ponen temas a debate.

Muchos de ellos, son tesis que parecían descabelladas y que vemos suceder después, como cuando en 2006 Alfonso Cuarón llevó a Venecia la cinta Children of men, basada en las teorías de la escritora canadiense Naomi Klein que en ese entonces parecían pura ciencia ficción pero que al cabo de los años se han ido convirtiendo en un reflejo del mundo actual que se pensaba inmune a lo que el filme mostraba y al que la inmigración y el terrorismo está transformando por completo.

Ha habido años en los que la violencia ha sido el tema recurrente, otros en los que el acento ha estado en la sexualidad, el año pasado el foco estuvo en entender la función de las familias como corazón social y el origen de toda descomposición o redención (Capharnaüm, Lazzaro Felice, Shoplifters, Todos lo saben) pero éste fue sin duda el año de cuestionar y explorar el daño que están haciendo en el tejido social las cada vez más grandes diferencias económicas y de cómo éstas nos están llevando a un mundo polarizado, violento y en el que todos perdemos.

Bajo esta mirada, la película ganadora de la Palma de Oro no podría ser otra que la del coreano Bong Joon-Ho en cuya Parasite muestra que no hay sociedad que se pueda mantener en equilibrio mientras unos tengan tanto y otros tan poco.

Y esta es la gran paradoja del festival del fin del mundo: que mientras te aísla y te mete en una burbuja en la que pareciera que todo lo que está afuera de las salas de cine no existe también te sacude y te lleva a pensar en los temas urgentes, los que de verdad importan pero que de otra forma no podemos ver. Es un Titanic, sí, pero un Titanic con conciencia.

Columna publicada en El Universal

El Festival de Cine Internacional de Cannes: el negocio…

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.

Columna publicada en El Universal