Opinion

El Festival de Cine Internacional de Cannes: el negocio…

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.

Mundo

Un gran año para el cine

La tradición en esta época del año es hacer las listas de las mejores películas que han pasado por los festivales y carteleras del mundo. Para este momento ya las habrán leído.
Es un recuento que suele ser de 10 filmes y que, por lo general, al llegar al octavo o noveno puesto empiezas a dudar si realmente esa película merecería estar en un ranking tan exigente. Este año me ocurrió lo contrario.
Diez sitios eran pocos para mencionar todas las piezas valiosas que el año 2019 nos trajo y tuve que hacer un gran esfuerzo por decidir cuáles eran esas 10 o 15 piezas, en el mejor de los casos, porque había muchas otras que también merecían mención.
La pantalla grande, tan cuestionada en tiempos del streaming demostró que sigue siendo una experiencia colectiva necesaria y capaz de motivar al público.
Esto no quita el mérito que han tenido las plataformas digitales en crear varias de las cintas más importantes del año (The Irishman, Marriage story) pero lo que se hizo patente es que ambas formas de exhibir una historia pueden coexistir e incluso retroalimentarse.
Mientras que todos los oráculos apostaban a un vertiginoso apocalipsis del cine, de forma inesperada —y muy deseada—, tuvimos doce meses de buena cinematografía que no se detendrá, pues aún están por llegar a México en los primeros meses de 2020 piezas destacables y que darán batalla en los Oscar como la dirigida por Greta Gerwig, Mujercitas, o Bombshell (El escándalo), de
Jay Roach, cuya historia del acoso sexual del entonces CEO Roger Ailes de Fox News y la cultura del abuso del poder no pudo estrenarse en las salas de Estados Unidos en mejor momento que el mismo día en el que todas las portadas del planeta anunciaban el impeachment a Donald Trump.
Y en el año en donde ha habido un nivel cinematográfico encomiable me hago harakiri al elegir una, la que creo que ha sido la más importante en cuanto al impacto social y el mensaje que nos deja y es sin duda Parasite.
La lección de su director surcoreano Bong Joon Ho acerca de cómo sí es posible crear historias con la profundidad, complejidad y maestría capaz de conquistar a los críticos pero a la vez hacer filmes entretenidos y cercanos a la audiencia es una bocanada de aire fresco.
El cine no siempre tiene que requerirle al espectador una serie de referencias para ser una obra maestra y las historias bien contadas, con profundidad y con el cuidado artesano de un cineasta como Bong también pueden llenar las salas.
Parasite además tiene el acierto de tocar un tema urgente y que impulsa los resortes humanos de cualquier sociedad actual del globo terráqueo como lo es la desigualdad social.
Mientras unos tengan tanto y otros tan poco no podremos vivir en armonía.
Un mundo polarizado ya no funciona. Ese es el mensaje con el que llegamos a 2020 y que el cine ha reflejado en muchas ocasiones pero este año resuena con más contundencia pues parece que hemos tocado fondo.
Es tiempo de cambios y el cine promete estar ahí para seguirlos mostrando.

Opinion

Cuando nuestros ídolos de la infancia se convierten en…

Columna publicada en El Universal

Una de las cosas difíciles al crecer es que con los años también se van encadenando las decepciones. No todos los finales de los cuentos son felices y muchas de las historias que nos contaron son falsas, como la de esos niños que admirabas y creías que lo tenían todo: trajes de colores, amigos, fama y sobre todo, el amor y la aceptación del mundo, llámese Parchís, Luis Miguel, Drew Barrymore, Macaulay Culkin, Lindsay Lohan o Miley Cirus.

Conocer la historia de cada una de esas estrellas de las que eras fan y luego compadeces es una bofetada a las ilusiones con las que crecimos.

Niños explotados, víctimas de la ambición de los adultos que se aprovechan de esos años de inocencia en los que los pequeños cantan, bailan, actúan y hacen lo que sea con tal de sentirse queridos y arropados por esa fantasía que cuando revienta trae consecuencias irreversibles.

Pero lo que más me asombra de estas historias no es que en la mayoría de ellas exista un mánager truculento o una casa discográfica que se queda con las ganancias de forma inequitativa o los productores que empujan a la criatura al vacío con tal de lograr el estreno del momento.

Lo más grave son esos padres que arrojan a los hijos a los reflectores, que prefieren cerrar los ojos con tal de recibir ese cheque, ir a ese viaje, vestirse con esas etiquetas, vivir en esa majestuosa casa y poseer esos lujos que nunca soñaron lograr con sus propios méritos.

Lo peor es que la historia se repite una y otra vez, pese a los candados legales que se han puesto para detener estos abusos.

La primera vez que el caso de explotación de una estrella infantil se hizo eco a nivel internacional fue en 1921 con Jackie Coogan, el pequeño histrión que se catapultó a la fama al interpretar junto a Charles Chaplin la cinta El niño.

Coogan se convirtió en el infante mejor pagado de su época pero, al morir su padre, su madre se casó con su mánager y, cuando quiso acceder al dinero que había ganado, ambos se negaron a dárselo (además de que se lo habían gastado casi todo).

Jackie los demandó pero no existía ninguna ley en California que permitiera a las personas acceder al dinero que habían generado cuando eran menores de edad.

Tras la furia que esto generó en la opinión pública se creó la famosa Ley Coogan que protege a los niños artistas de Estados Unidos.

Desde 1921 a la fecha también han pasado por los tribunales demandando a sus padres Gary Coleman (Blanco y negro), Mischa Barton (The O.C.), Leighton Meester (Gossip girl), Billy Unger (Lab rats), Jena Malone (Los juegos del hambre), Chris Warren (High school musical), por mencionar sólo algunos nombres de la interminable lista.

Ahora, cuando me siento a ver una película infantil con mis hijas o me cuentan con emoción lo que hace la joven youtuber del momento, puedo percibir cómo ellas desearían ser esas niñitas adorables que parecen tener el mundo a sus pies y siento envidia al darme cuenta de lo alentador que era cuando yo también creía que esa fantasía existía.

Opinion

El incierto futuro del cine

Columna publicada en El Universal

Hace unos días el New York Times publicó un artículo llamado “¿Cómo las películas (como las conocemos) sobrevivirán los próximos 10 años?” en el que se le preguntaba a productores, directores y actores cuál es su visión de la industria en el futuro.

La pregunta ha estado en el aire en los últimos años en los que la popularidad de las plataformas digitales ha explotado pero el debate se ha vuelto urgente pues el cambio ya no es algo imaginario, está aquí. Netflix cambió la forma que tenemos de ver las películas pero es sólo la punta del iceberg pues pronto llegarán otras formas de streaming como Disney, Apple, Warner Bros, etc.

En el artículo, el presidente de Sony Pictures, Tom Rothman, da en el clavo al decir que el meollo del asunto está en encontrar qué películas lograrán hacer que la gente salga de sus casas para ir a un teatro a verlas y pone en la mesa la nueva palabra usada por los grandes estudios: theatricality (teatricalidad).

Algo clave será la selección, pues más que nunca los productores se están preguntando qué piezas son suficientemente originales para estar en un cine y todavía no hay un patrón claro del comportamiento de las audiencias. Por ejemplo, en el caso de Crazy rich asians, de Jon M. Chu, sucedió todo lo contrario a lo esperado y la cinta fue una llamada masiva para acudir a las salas recaudando una taquilla de 26 millones de dólares el primer fin de semana, que la convirtió en la primera película realizada para el público asiático-americano que logra esta posición.

Ahí está la otra cara de la moneda porque aunque siempre estará la tentadora comodidad del sofá, del click y la inmediata satisfacción que han traído a nuestras vidas las pequeñas pantallas, hay momentos en los que la experiencia del cine se vuelve irremplazable.

En los 90 cuando aparecieron los compact disc la industria del vinilo casi desapareció. Dos décadas después, empezó a resurgir. Primero fueron los adultos nostálgicos que querían revivir su juventud con los Beatles, Led Zeppelin, y otras joyas de los años 60 y 70, pero los que le están dando un vuelco a la industria son los millennials, que se han dado cuenta de la calidad del sonido del vinilo (más cálido que el digital) y la experiencia del arte de las portadas, más interesante que hacer una descarga.

En cuanto al cine, quizá la respuesta es el futuro, cuando nos cansemos de ver escenas maravillosas diluidas en la pantalla del celular, cuando añoremos la experiencia comunal de ver junto a familiares, amigos y extraños una misma historia o cuando, simplemente, queramos volver a sentir la magia de estar inmersos, durante 120 minutos, en la sala oscura en la que los 24 cuadros por segundo te hipnotizan.