Opinion

Lo que buscamos este 2020

Me parece revelador el estudio que Google lanza cada diciembre acerca de lo que fue más buscado en su plataforma.

Columna publicada en El Universal

Llegó el momento de hacer listas de todo. En el mundo del entretenimiento es tradición poner en un ranking las mejores películas, obras, canciones, conciertos (aunque este año la mayoría hayan sido virtuales), celebridades, etcétera.

En este fin de ciclo todo suena vacío con la frustración de haberse realizado a medias.

Vivimos muchos años en uno y sólo unos meses a la vez.

Más reveladoras que las listas me parece el estudio que Google lanza cada diciembre acerca de lo que fue más buscado en su plataforma. Puedo estar horas mirando los resultados.

Hay cosas que no sorprenden, como el que “coronavirus” haya sido la palabra más consultada de este 2020. O que Joe Biden fuera la figura con más clics. Tampoco es casual que las palabras “election results” fueran tecleadas sin descanso cuando la mirada del mundo estaba puesta en si iniciaríamos otra década con Trump.

Tampoco faltó Parasite como la cinta número uno.

La proeza de conseguir el Premio a Película y Película extranjera de forma simultánea marcando un hito en la historia fue sólo el inicio de un año en el que todo lo impensable estaba por pasar.

No es extraño que Tom Hanks fuera la celebridad más buscada porque se convirtió en la primera estrella en anunciar que él y su mujer tenían covid-19.

También fue la primera en aparecer desde su casa, sonriente y recuperado en la primera emisión del mítico programa Saturday night live show que desde el confinamiento siguió transmitiendo con ingenio.

Pero el show más visto no fue en un estadio sino desde las computadoras. Organizado por Lady Gaga, Together at Home reunió a cientos de personalidades que ayudaron a recaudar más de 127 millones de dólares que se donaron a la lucha contra el covid.

Pudimos ver a estrellas como la propia Gaga pero también a John Legend, Taylor Swift, Paul McCartney por mencionar a algunos, de la larga lista de colaboradores.

Las personas no sólo se refugiaron en el ocio para sobrevivir al tedio de la pandemia sino que también se pusieron a estudiar, lo más solicitado fue “cómo aprender a codificar”.

“Cómo ser un aliado” fue mucho más importante que “cómo ser un influencer”. Y la frase “cómo ser un maestro” fue más necesaria que nunca.

El emoji de los abrazos se cambió por el que tiene una mascarilla, la meditación desbancó a las clases de pilates mundialmente.

Pero yo me quedo con que “cómo ayudar” rompió récords este año. Demasiados meses en los que las pérdidas se hicieron constantes y cotidianas pero en los que también surgieron nuevos héroes, como la comunidad sanitaria que sigue luchando sin descanso, los abuelos que con su resistencia y paciencia nos han dado lecciones de vida a los que en teoría somos más fuertes, los niños que con su resilencia y vitalidad han hecho posible que los adultos podamos seguir echándole leña a la máquina de la productividad.

Pese a que ha sido un 2020 muy complicado también tenemos mucho que agradecer y por ello, “cómo dar gracias” fue otra búsqueda récord.

Opinion

Diego Maradona, de Kapadia

Columna publicada en El Universal

El director británico narra la vida del astro utilizando grabaciones de su estancia en la ciudad que lo vio convertirse en “dios”

Al pensar en Maradona se me viene a la mente la imagen de una persona que acabó devorada por su personaje. En Cannes 2019, el director británico Asif Kapadia presentó el documental basado en su vida, Diego Maradona. 

En él, Kapadia logró presentarnos los botones más sensibles de la estrella. Recuerdo bien cómo el futbolista trajo en vilo a la organización del festival de Cannes, pues hasta el último momento no se sabía si aparecería o no por la alfombra roja. 

Al final no lo hizo. La explicación oficial fue que el futbolista estaba en México recuperándose de una operación del hombro que le impidió volar. 

Lo que se comentaba en los pasillos es que Diego estuvo debatiéndose hasta el último momento si aparecer frente a los fotógrafos y ofrecerle en bandeja al mundo las imágenes de su deterioro sería una buena idea. 

Después de ver el documental de Kapadia lo segundo suena más real. 

En esta pieza el director narra la vida del futbolista argentino utilizando grabaciones inéditas de su estancia en Nápoles, la ciudad que lo vio convertirse en “dios” y descender a los infiernos de la droga hasta vincularlo con la Camorra italiana. 

Al futbolista se le escuchan decir frases como “me importa más la gloria que la plata”, “cuando estoy en la cancha se va la vida, se van los problemas, se va todo”, “estaba muy solo, estaba muy arriba”. Pero algo muy importante del documental es lo que Diego no dice pero que se puede ver y son las situaciones que nos dan pistas de la personalidad del futbolista como por ejemplo que al lado de su cama tenía siempre a la Virgen de Guadalupe o el fastidio y desesperación que vino cuando, después de conseguir todos los triunfos posibles para su equipo napolitano, quería salir de Italia y ni el presidente del equipo, ni la mafia, lo dejaban irse, y cómo esta prisión de lujo en la que en ocasiones se convierte la fama le causó la depresión que fue el punto de inflexión en su vida. 

Kapadia me contó que llegar a Maradona fue la última pieza de un rompecabezas que empezó a armarse cuando en 2012 al director se le acercó el productor independiente Paul Martin que antes era un periodista deportivo y le dijo que tenía una joya: las grabaciones caseras de la estancia de Maradona en Nápoles. 

Se dice que fue el propio Diego quien contrató a las personas para que le hicieran estos videos y así crear un registro para protegerse en caso de que la mafia intentara secuestrarlo. 

El resultado es un tesoro que muestra un lado nunca visto de Maradona y que nos ayuda a entender lo que vivió. El mayor documento de ese Diego que apenas conocimos antes de que Maradona lo devorara.

Opinion

Vivir un festival en la era del Covid-19

Columna publicada en El Universal

Descubrí que yo era presa del síndrome de la cabaña cuando subirme o no al avión para ir al Festival de San Sebastián desde Nueva York se convirtió en un dilema.

Te vas encerrando dentro de tu burbuja de seguridad sin darte cuenta de cómo, las cosas que antes eran cotidianas ahora te parecen un mundo.

Los psicólogos le dicen el síndrome de la cabaña y es probable que lo tengas sin darte cuenta. Descubrí que yo era presa de él cuando subirme o no al avión para ir al Festival de San Sebastián desde Nueva York se convirtió en una decisión que me quitó el sueño durante semanas.

Llevo 20 años cubriendo festivales de cine por el mundo y si algo disfrutaba eran esos momentos en el aire que ahora me angustian.

Salir de casa no fue sencillo, pero lo que vino después tampoco, pues me encontré con la realidad de este mundo en pausa al ver el aeropuerto de JFK vacío y sus luces a medio encender, la mayoría de las tiendas cerradas, sólo un lugar para comer.

Lo mismo me ocurrió al llegar al aeropuerto de Madrid en el que un letrero enorme te avisaba que esos artefactos que parecían cámaras en realidad eran termómetros que toman la temperatura masiva de los que entran al país.

Formularios de salud aquí y allá, una carta que firmas al festival y al gobierno vasco prometiendo que si tienes cualquier síntoma avisarás y te pondrás en cuarentena.

La tensión de no saber cómo será el final de una experiencia en la que somos nuevos, pues sólo ha habido otro festival presencial desde que la pandemia empezó, el de Venecia, y aunque parece que ha ido bien aún es pronto para conocer el saldo real.

Te sientes un poco imprudente por estar ahí, ¿y si luego no puedes volver?

La primera función en una sala es una experiencia, los asientos están asignados con antelación, no tienes a nadie a los lados y una vez que empieza la película no hay manera de salir del teatro hasta el último crédito.

La mascarilla hace que se te empañen los lentes y no veas, menos mal que días después una compañera te comparte el truco: hay que encontrar la ubicación exacta donde apoyar el armazón sobre la nariz.

Geles desinfectantes, un flus flus de alcohol cada que entras o sales de cualquier recinto y esos saludos a medias que se te atragantan cuando te encuentras con un viejo amigo a quien sin pandemia hubieras abrazado muy fuerte. Pero algo se mantiene intacto y es la burbuja que va creando estar en un festival, ir viendo las historias en la pantalla grande, comentarlas por horas, correr a hacer la entrevista, escribir rodeado de colegas que son amigos y que te hacen reír a carcajadas con sus ocurrencias, el momento de la cena juntos, con distancia, pero juntos, despertar al día siguiente para volver a la rueda.

Y por momentos se te olvida que llevas todo el día con la mascarilla, que las manos se te están partiendo entre tantos flus flus. Has estado más expuesto que nunca al virus pero como estás inmerso en la burbuja, ¡hasta disfrutas! Luego vuelves a la realidad, al vuelo trasatlántico con sólo 14 pasajeros, al único duty free abierto lleno de anaqueles con cientos de productos en descuento a punto de caducar.

Y te parece un milagro haber podido estar en un festival. Y te das cuenta, sí, que estás volviendo a tu cabaña.

Opinion

Cuando nuestros ídolos de la infancia se convierten en…

Columna publicada en El Universal

Una de las cosas difíciles al crecer es que con los años también se van encadenando las decepciones. No todos los finales de los cuentos son felices y muchas de las historias que nos contaron son falsas, como la de esos niños que admirabas y creías que lo tenían todo: trajes de colores, amigos, fama y sobre todo, el amor y la aceptación del mundo, llámese Parchís, Luis Miguel, Drew Barrymore, Macaulay Culkin, Lindsay Lohan o Miley Cirus.

Conocer la historia de cada una de esas estrellas de las que eras fan y luego compadeces es una bofetada a las ilusiones con las que crecimos.

Niños explotados, víctimas de la ambición de los adultos que se aprovechan de esos años de inocencia en los que los pequeños cantan, bailan, actúan y hacen lo que sea con tal de sentirse queridos y arropados por esa fantasía que cuando revienta trae consecuencias irreversibles.

Pero lo que más me asombra de estas historias no es que en la mayoría de ellas exista un mánager truculento o una casa discográfica que se queda con las ganancias de forma inequitativa o los productores que empujan a la criatura al vacío con tal de lograr el estreno del momento.

Lo más grave son esos padres que arrojan a los hijos a los reflectores, que prefieren cerrar los ojos con tal de recibir ese cheque, ir a ese viaje, vestirse con esas etiquetas, vivir en esa majestuosa casa y poseer esos lujos que nunca soñaron lograr con sus propios méritos.

Lo peor es que la historia se repite una y otra vez, pese a los candados legales que se han puesto para detener estos abusos.

La primera vez que el caso de explotación de una estrella infantil se hizo eco a nivel internacional fue en 1921 con Jackie Coogan, el pequeño histrión que se catapultó a la fama al interpretar junto a Charles Chaplin la cinta El niño.

Coogan se convirtió en el infante mejor pagado de su época pero, al morir su padre, su madre se casó con su mánager y, cuando quiso acceder al dinero que había ganado, ambos se negaron a dárselo (además de que se lo habían gastado casi todo).

Jackie los demandó pero no existía ninguna ley en California que permitiera a las personas acceder al dinero que habían generado cuando eran menores de edad.

Tras la furia que esto generó en la opinión pública se creó la famosa Ley Coogan que protege a los niños artistas de Estados Unidos.

Desde 1921 a la fecha también han pasado por los tribunales demandando a sus padres Gary Coleman (Blanco y negro), Mischa Barton (The O.C.), Leighton Meester (Gossip girl), Billy Unger (Lab rats), Jena Malone (Los juegos del hambre), Chris Warren (High school musical), por mencionar sólo algunos nombres de la interminable lista.

Ahora, cuando me siento a ver una película infantil con mis hijas o me cuentan con emoción lo que hace la joven youtuber del momento, puedo percibir cómo ellas desearían ser esas niñitas adorables que parecen tener el mundo a sus pies y siento envidia al darme cuenta de lo alentador que era cuando yo también creía que esa fantasía existía.

Opinion

Ya era hora de tener una sirena negra

Columna publicada en El Universal

El día que Disney anunció que la cantante afroamericana Halle Bailey sería La sirenita en su nuevo live action, las redes sociales se revolucionaron con comentarios en contra y a favor.

Para este momento ya han corrido ríos de tinta al respecto y es fácil entender los argumentos de los que no están de acuerdo, pues el impulso normal y a lo que estamos acostumbrados es a pensar que los personajes icónicos de las películas deben permanecer así, con las mismas características físicas. Lo difícil es ir más allá y entender lo que realmente hay detrás de estos cambios. Por un lado, está el aspecto político. Las princesas a lo largo de los siglos no sólo han servido para entretener a las niñas sino para darles un discurso social.

Cuando Disney hizo las películas de Blancanieves y Cenicienta eran los años 30 y 50 respectivamente. Décadas en las que la mujer tenía que centrarse en ser una buena ama de casa y dar calor de hogar a la familia cocinando, limpiando y manteniendo el orden. También eran jóvenes ingenuas y frágiles, algo que se asociaba con la femineidad. La bella y la Bestia de los años 90 revolucionó esa imagen y marcó otro momento clave: a la gran pantalla llegó una princesa que además de ser guapa leía mucho, quería conocer otros mundos y era autosuficiente. Ni hablar de Tiana, la princesa del año 2000 que se convierte en empresaria, no se deja seducir por un príncipe fanfarrón y está dispuesta a todo con tal de lograr sus sueños. Con esto, más allá de si la nueva sirenita debe ser blanca y pelirroja lo que debemos cuestionarnos es hacia dónde nos quiere llevar Disney ahora.

Hace unos meses, Julianne Moore defendía en Cannes las cuotas de las minorías diciendo que sin ellas, el cambio se vuelve imposible. Y quizá tenga razón porque la imposición, aunque no es ideal, puede ser la única forma en que la diversidad florezca y no sea aplastada por la cultura dominante. Mi apuesta está en la creatividad como solución: es urgente empezar a crear nuevos personajes e historias en las que la diversidad exista de forma natural sin tener que forzarla porque lo cierto es que siempre ha estado ahí.

Cuando el autor danés Hans Christian Andersen escribió en 1836 el cuento en el que se inspira la historia de esta bella criatura marina era la época del colonialismo europeo en la que los africanos estaban siendo despojados de sus tierras y a lo único que podían aferrarse era a sus historias, entre las que siempre han estado las sirenas, que para ellos son seres con quienes han convivido durante milenios y a los que se les atribuyen grandes poderes en la vida cotidiana. Ha habido sirenas negras desde el principio de los tiempos y mucho antes de que Andersen y Disney crearan a Ariel. Desde la perspectiva de la historia, lo justo es pensar que ya era hora de volver al origen y de tener una sirena negra con la que cualquier chica pueda soñar.

Opinion

El incierto futuro del cine

Columna publicada en El Universal

Hace unos días el New York Times publicó un artículo llamado “¿Cómo las películas (como las conocemos) sobrevivirán los próximos 10 años?” en el que se le preguntaba a productores, directores y actores cuál es su visión de la industria en el futuro.

La pregunta ha estado en el aire en los últimos años en los que la popularidad de las plataformas digitales ha explotado pero el debate se ha vuelto urgente pues el cambio ya no es algo imaginario, está aquí. Netflix cambió la forma que tenemos de ver las películas pero es sólo la punta del iceberg pues pronto llegarán otras formas de streaming como Disney, Apple, Warner Bros, etc.

En el artículo, el presidente de Sony Pictures, Tom Rothman, da en el clavo al decir que el meollo del asunto está en encontrar qué películas lograrán hacer que la gente salga de sus casas para ir a un teatro a verlas y pone en la mesa la nueva palabra usada por los grandes estudios: theatricality (teatricalidad).

Algo clave será la selección, pues más que nunca los productores se están preguntando qué piezas son suficientemente originales para estar en un cine y todavía no hay un patrón claro del comportamiento de las audiencias. Por ejemplo, en el caso de Crazy rich asians, de Jon M. Chu, sucedió todo lo contrario a lo esperado y la cinta fue una llamada masiva para acudir a las salas recaudando una taquilla de 26 millones de dólares el primer fin de semana, que la convirtió en la primera película realizada para el público asiático-americano que logra esta posición.

Ahí está la otra cara de la moneda porque aunque siempre estará la tentadora comodidad del sofá, del click y la inmediata satisfacción que han traído a nuestras vidas las pequeñas pantallas, hay momentos en los que la experiencia del cine se vuelve irremplazable.

En los 90 cuando aparecieron los compact disc la industria del vinilo casi desapareció. Dos décadas después, empezó a resurgir. Primero fueron los adultos nostálgicos que querían revivir su juventud con los Beatles, Led Zeppelin, y otras joyas de los años 60 y 70, pero los que le están dando un vuelco a la industria son los millennials, que se han dado cuenta de la calidad del sonido del vinilo (más cálido que el digital) y la experiencia del arte de las portadas, más interesante que hacer una descarga.

En cuanto al cine, quizá la respuesta es el futuro, cuando nos cansemos de ver escenas maravillosas diluidas en la pantalla del celular, cuando añoremos la experiencia comunal de ver junto a familiares, amigos y extraños una misma historia o cuando, simplemente, queramos volver a sentir la magia de estar inmersos, durante 120 minutos, en la sala oscura en la que los 24 cuadros por segundo te hipnotizan.

Opinion

Del éxito se aprende muy poco

Columna publicada en El Universal

Todavía no se conoce un estudio en psicología que asegure esta afirmación pero lo que me llama la atención es que últimamente me ha tocado escuchar a muchas personas exitosas decir que de los triunfos se aprende muy poco pero lo que los ha hecho más completos como personas han sido sus fracasos.

En eso coinciden muchas estrellas. Entre ellas, Sylvester Stallone, quien en su reciente paso por Cannes reflexionó cómo lo que lo que realmente lo hizo crecer fueron los “no” que los estudios le dieron a él y a sus proyectos a lo largo de su vida.

De esas negativas también supo mucho George Lucas, al que todas las casas productoras lo tomaron por loco con su historia de una guerra galáctica hasta que tras mucho insistir, Fox decidió darle una oportunidad.

Acerca del éxito, Iñárritu me dijo que es algo que te puede envenenar y que por eso siempre se acordaba de las palabras de su padre cuando le repetía que con el éxito había que hacer un buche para después escupirlo. Guillermo Del Toro ha hablado de esto en todas sus clases magistrales y una de las frases célebres de Bill Gates es que, “el éxito es un pésimo maestro, seduce a la gente inteligente para que piense que no puede perder”.

Estamos acostumbrados a ver el éxito como una fotografía estática de las personas sonriendo en un entorno perfecto pero pocas veces tenemos la oportunidad de conocer las historias que hay detrás de esa imagen y en las que, sin duda, ha habido dificultades.

No muchos saben, por ejemplo, que a Gabriel García Márquez todas las editoriales le rechazaron Cien años de soledad y que tuvo que enviar desde México las 700 páginas de la novela divididas en dos partes a la editorial Sudamericana de Buenos Aires porque no podía pagar el coste del peso de todas las páginas juntas.

“Mandamos la mitad de la novela en un primer envío y nos fuimos a casa. Mercedes sacó las últimas cosas que quedaban por empeñar que eran el calentador que yo usaba para escribir —porque yo puedo escribir en cualquier circunstancia menos con frío—, el secador que usaba para la cabeza y la batidora y se fue con eso al Monte de Piedad.

“Con lo que nos dieron volvimos al correo para enviar el resto de la novela. Sólo nos quedaron dos pesos de cambio. Cuando salimos del correo yo me di cuenta de que Mercedes estaba verde de encabronamiento y me dijo: ‘ahora lo único que falta es que la novela sea mala’”, le contó García Márquez al periodista colombiano Germán Castro Caycedo en una entrevista para televisión en 2002.

De lo que no queda duda es de que en estos casos hay un ingrediente común y fundamental y es que todas la personas que han llegado a lo más alto han tenido valor para arriesgar y lo más importante, han creído en sí mismas. Pero hay otra pieza clave y es el motor del éxito, tan importante como el camino para lograrlo. Márquez decía que él había descubierto que escribía para que lo quisieran más. En el fondo, quizá, eso es lo que todos buscamos.

Opinion

Cannes: el festival del fin del mundo

El Festival de Cannes es una montaña rusa de estímulos, una burbuja en la que te sumerges durante 12 días y todo lo demás desaparece.

Sabía que esta sensación la compartimos los colegas periodistas y críticos de cine porque es algo que se comenta en los pasillos, cafés y salas de prensa constantemente.

Sin embargo, algo que me sorprendió fue comprobar que a los dioses del olimpo cinematográfico también les sucede.

“Estamos aquí y parece que no hay otra cosa que ver películas pero abres la ventana y ves todos los problemas que hay en el mundo y que estamos en una especie de Titanic. Yo he sentido todo el tiempo que este es el Festival del fin del mundo, donde mientras todas las cosas terribles ocurren en el planeta nosotros estamos en una sala de cine viendo historias”, me dijo Alejandro González Iñárritu en Cannes en una entrevista para EL UNIVERSAL

Coincidió en que lo más interesante y perturbador de esto es que cuando tienes la oportunidad de ver las obras de todos los creadores de distintas partes del mundo en un solo lugar descubres que cada año hay un tema con en el que conectan todos los artistas.

Es así como estos festivales se vuelven una especie de oráculo en el que las preocupaciones y visión del futuro de los realizadores se revelan y ponen temas a debate.

Muchos de ellos, son tesis que parecían descabelladas y que vemos suceder después, como cuando en 2006 Alfonso Cuarón llevó a Venecia la cinta Children of men, basada en las teorías de la escritora canadiense Naomi Klein que en ese entonces parecían pura ciencia ficción pero que al cabo de los años se han ido convirtiendo en un reflejo del mundo actual que se pensaba inmune a lo que el filme mostraba y al que la inmigración y el terrorismo está transformando por completo.

Ha habido años en los que la violencia ha sido el tema recurrente, otros en los que el acento ha estado en la sexualidad, el año pasado el foco estuvo en entender la función de las familias como corazón social y el origen de toda descomposición o redención (Capharnaüm, Lazzaro Felice, Shoplifters, Todos lo saben) pero éste fue sin duda el año de cuestionar y explorar el daño que están haciendo en el tejido social las cada vez más grandes diferencias económicas y de cómo éstas nos están llevando a un mundo polarizado, violento y en el que todos perdemos.

Bajo esta mirada, la película ganadora de la Palma de Oro no podría ser otra que la del coreano Bong Joon-Ho en cuya Parasite muestra que no hay sociedad que se pueda mantener en equilibrio mientras unos tengan tanto y otros tan poco.

Y esta es la gran paradoja del festival del fin del mundo: que mientras te aísla y te mete en una burbuja en la que pareciera que todo lo que está afuera de las salas de cine no existe también te sacude y te lleva a pensar en los temas urgentes, los que de verdad importan pero que de otra forma no podemos ver. Es un Titanic, sí, pero un Titanic con conciencia.

Columna publicada en El Universal

Opinion

El Festival de Cine Internacional de Cannes: el negocio…

Cada año, con el Festival de Cannes en puerta me pregunto, ¿por qué quiero volver? Es una experiencia agotadora en la que cada día la rueda de las películas, conferencias de prensa y entrevistas empieza al amanecer y no para hasta la madrugada. Duermes poco, comes mal y entras en un permanente estado de estrés. Pero ahí estás y curiosamente, te sientes privilegiado.

Algo tienen estos eventos que se vuelven adictivos. Lo primero que hay que saber es que los festivales de cine se clasifican según su prestigio siendo los de Clase A, los más importantes. Actualmente hay 15 en el mundo pero los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia y es adonde los directores de cine sueñan con llevar sus películas.

Para ser un festival de clase A se debe tener una competencia y cumplir con los estándares de la FIAPF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Filmes) que demanda un alto nivel de organización, calidad en la selección de las películas y jurados, infraestructuras, etcétera.

No cualquiera puede estar ahí: ni el que presenta sus creaciones, ni quienes hablamos de ellas. Todos somos parte de la llamada gamification en marketing, tu paso por los festivales hace que entres en un juego de recompensas, niveles, progresos.

La primera vez que vas no logras entrar a nada, pero van pasando los años y ven tu desempeño y fidelidad, suben tus bonos, vas abriendo puertas desconocidas, logrando accesos exclusivos y eso es irresistible.

Pero nadie se salva: lo mismo le ocurre a los directores de cine que van escalando de secciones hasta llegar a la Sección Oficial, a los actores que empiezan a ser invitados a ser jurados, etcétera.

Por supuesto, esto es un gran negocio: el festival cuesta 25 millones de dólares aproximadamente. De este presupuesto, casi 400 mil dólares se destinan a las Palmas de Oro, el máximo galardón del festival confeccionado con 118 gramos de oro de 18 quilates sobre piezas de cristal de roca (éstos requieren 40 horas de trabajo de siete orfebres y cada Palma está valorada en 20 mil dólares).

Cannes tiene una población de 70 mil habitantes pero el festival eleva el flujo de gente a 200 mil personas. Para entrar a las galas hay que ir con esmoquin y durante esos días una treintena de comercios los venden sin descanso con precios que oscilan entre los 500 y los 3 mil dólares.

Los hoteles y departamentos de alquiler triplican sus precios y llegan a la ocupación máxima. Las celebrities pagan más de 40 dólares por noche en el Penthouse del Hotel Majestic y los restaurantes, yates, casas de champaña y moda no paran de llenar sus arcas hasta que acaba la euforia.

Es el negocio del prestigio. Pero para que esto exista hay una pieza fundamental: las películas. Cada año, cuando sales de ver la nueva creación de ese director que te voló la cabeza, te sientes la persona más afortunada porque has sido testigo de algo grandioso, que sólo logra el cine. Entonces vuelves.

Columna publicada en El Universal

Opinion

Cuando las estrellas mienten

Después de 10 años viviendo en Estados Unidos puedo decir que una de las cosas que más nos cuesta entender a los latinos es que los hijos se tengan que ir de casa cuando entran a la universidad. Pero algo que es igual de inquietante y nadie te cuenta es cómo, desde que los niños están en tercero de primaria, las escuelas públicas separan a los “más talentosos” para que tengan clases de mayor nivel que el resto.

Es decir, que desde que un niño tiene ocho años ya está compitiendo y así será toda su vida escolar si quiere conseguir ser parte del 6% de los jóvenes elegidos por una universidad prestigiosa que les garantizará seguir en el sistema del “sueño americano”, es decir, formar parte de la élite para a su vez, en un futuro lograr trabajos bien pagados que les permitirá replicar el modelo con su futura descendencia pudiendo pagar lo que cuestan estas colegiaturas top (un promedio de 60 mil dólares anuales) y hacer que la rueda del consumo y el “bienestar” sigan girando indefinidamente.

Entender esto explica por qué el escándalo en el que se han visto implicadas estrellas como Lori Loughlin que enfrenta una condena posible de hasta 20 años de cárcel (Full House) y Felicity Huffman (Mujeres desesperadas) ha tocado fibras tan sensibles, pues han puesto en evidencia que hasta lo más sagrado del sistema, la meritocracia, el “si te esfuerzas lo consigues”, está corrupto.

A estas alturas es bien sabido que Loughlin pagó 500 mil dólares para asegurarle dos lugares en una de las universidades más cotizadas de Estados Unidos, la USC (University of Southern California) a sus hijas gemelas o que Huffman dio una suma de 15 mil dólares para subirle el puntaje a su hija en el examen que más cuenta en las admisiones. Pero lo cierto es que ellas son sólo la punta del iceberg de una operación en la que se encuentran involucradas más de 30 familias poderosas según ha detectado el FBI y lo que estará por descubrirse.

Muchas veces le he preguntado a las estrellas si sienten que la fama también los pone en un lugar de responsabilidad porque se vuelven modelos a seguir. La mayoría entiende el compromiso que tiene estar bajo los reflectores.

Muchos de ellos, incluso, se vuelven activistas. Pero algunos se excusan diciendo que su función se limita a entretenernos. Lo cierto es que el impacto que tiene lo que hacen los famosos es muy grande y este caso lo demuestra.

Lo que ellas hagan o dejen de hacer genera eco en la sociedad porque las celebridades ejemplifican mejor que nadie el sueño de que la fama y la fortuna se pueden conseguir trabajando duro y con talento.

Si los jóvenes que se han pasado una infancia y adolescencia construyendo su currículum para competir en el sistema dejan de creer, el capitalismo y los pilares en los que está cimentada esta sociedad revientan. Y eso no se puede permitir, menos si eres una estrella.

Columna publicada en El Universal