Un año de historias dolorosamente actuales.


A punto de finalizar el año la temporada de premios está en pleno apogeo. La mayoría de las votaciones para elegir las producciones que serán nominadas a los diferentes galardones se encuentran en curso o acaban de realizarse. Es un momento delicioso para recapitular qué ha sido lo mejor que el cine nos ha traído y reflexionar sobre las narrativas que más éxito tuvieron y por qué. En un año convulso en el globo terráqueo con dos guerras ocurriendo, el cambio climático haciendo tic-tac y el pulso de la humanidad en vilo no es extraño que las películas que estén en todas las quinielas miren hacia la Historia, sí, con mayúsculas. Estados Unidos, por ejemplo, un país que comienza el 2024 con la sombra de unas elecciones que podrían traer consigo una nueva victoria de Donald Trump que lo absolvería de todas las demandas que enfrenta no podría haber sido mejor retratado que por Martin Scorsese. 

Y es que, como él mismo lo ha explicado cientos de veces, su nuevo proyecto Los asesinos de la luna además de centrarse en el exterminio y abuso hacia los pueblos indios americanos como la nación Osage, de lo que realmente habla, es del afán de esa tierra por el dinero. Scorsese pone la lupa en un país en el que no hay nada más importante que la acumulación de la riqueza y eso es lo que encarna el personaje de Leonardo Di Caprio. El ansia por el poder y el tener sin importar que ese afán arrase con todo lo demás: el amor, la lealtad y qué decir del espíritu o la verdadera felicidad. Un lugar sin contenido más allá del dólar y el capitalismo en los ojos de un magistral Scorsese que hace que filmar el ADN americano parezca sencillo. 

Por otro lado está La zona de interés, de Jonathan Glazer. El retrato despiadado de la vida de un alto comandante nazi cuya casa está situada al lado del campo de concentración de Auschwitz. A través de su vida cotidiana, en la que su mujer y familia viven rodeados de privilegios y comodidades el director nos hace sentir la crueldad, indiferencia y brutalidad del holocausto. Nunca un largometraje había logrado sacudir tanto mostrando tan poco pues tan sólo al escuchar los lamentos que llegan desde el otro lado de la valla del jardín del comandante o el ver limpiar las cenizas que se cuelan por las ventanas de la habitación de sus hijos se puede entender lo estremecedor de la situación que está sucediendo a unos cuantos metros de ese hogar. Por si no fuera suficiente tenemos a Oppenheimer, de Christopher Nolan. 
El relato de cómo fue creada la bomba atómica y el mundo estuvo a un paso de desaparecer es otro tema, por desgracia, contemporáneo. Y, para cerrar con broche de oro llega David Fincher y con su filme El asesino nos inquieta diseccionando al criminal que está entre nosotros. Aquel que ronda por las tiendas de bricolaje norteamericanas y pasa desapercibido. Un año de cine explosivo. Como el planeta en que vivimos, pero en el que también sigue habiendo arte e imaginación pura que ha sido creada sin artificios. Y, mientras esta capacidad no se pierda, habrá esperanza.