El director tapatío habló con El Universal acerca de cómo logró llevar a cabo su obra más pura y apelar a la urgencia de los valores humanos a través de un bello monstruo.

Venecia, 30 de agosto de 2025. Hace tiempo que los aplausos tras los estrenos de las películas en los festivales dejaron de ser un buen termómetro de cuántos premios se llevará un filme. Lo que sí importa cuando estás en la sala es la intensidad con la que se escuchan. Porque la emoción no se puede ocultar. Esto es lo que ocurrió en la noche inaugural de Frankenstein, la cinta de Guillermo Del Toro que Compite por el máximo trofeo en el Festival de Cine de Venecia y que provocó que el público no pudiera dejar de aplaudir por más de doce minutos.
Esta isla italiana es uno de los lugares que más quiere al realizador mexicano y a sus monstruos. Aquí fue donde se encumbró con el León de Oro en el 2017 con La forma del agua que no dejó de rugir hasta conquistar su segundo Oscar. También aquí premió a Roma, de Alfonso Cuarón siendo testigo de una votación unánime como Presidente del Jurado. Entre Venecia y Del Toro hay demasiada historia y por ello este sitio tenía que ser el elegido por ambos, cineasta y escenario, para recibir a la que probablemente sea una de sus creaciones más profundas y especiales. Las lágrimas del director y sus protagonistas, Jacob Elordi (el monstruo), Oscar Isaac (Dr. Víctor Frankenstein) y Mía Goth (Elizabeth Lavenza) cuando todavía se escuchaba la música de fondo de Alexandre Desplat entre el sonido de las palmas interminables fueron auténticas.

Y es que iban arropadas por un filme magnífico, cuyas capas de significado ameritan que el visionado se haga no una sino varias veces para que ojalá logre despertar las conversaciones para las que está hecho. Porque en Frankenstein el monstruo no sólo tiene corazón como en las otras obras del cineasta, sino que además nos lleva a hacernos preguntas, muchas de ellas sin respuesta. ¿Cuál es la esencia humana? ¿En dónde están los límites de la creación? ¿Alguna vez podremos medir el peligro y asumir las consecuencias de lo que generamos? ¿Quiénes somos y quiénes podemos ser como hijos y como padres? La cinta, por si fuera poco, también habla de la soledad con la que venimos a este mundo y con la que nos vamos. Pero nos susurra que sólo podemos transitar este viaje en compañía y ligeros de equipaje pues, como bien dijo Del Toro a El Universal en la ciudad de los canales, “sólo después del perdón puede venir la recuperación”.

En la elección está la libertad y la paz con uno mismo. Guillermo sabe, además, que no podría haber encontrado mejor momento para realizar esta cinta porque, “una película que dice que sólo los monstruos juegan a ser Dios no podría llegar en un mejor momento”. Al rodar tuvo en mente los retos que la tecnología le está planteando a la humanidad, “aunque me da más miedo la estupidez natural humana que la inteligencia artificial”, aclaró. El tiempo no sólo le ha dado el marco de actualidad perfecto, sino también una visión más interesante para acercarse a esta historia.
No en balde pasaron tres décadas para que pudiera hacerla, “estoy convencido de que si la hubiera hecho antes de cumplir cuarenta años la habría hecho sobre mi padre porque en ese entonces yo seguía siendo un hijo. Incluso lo seguí siendo cuando tuve a los míos. Ha sido un aprendizaje dejar de tener ese lugar para asumir el de un padre”, compartió el realizador que no considera a su Frankenstein como una película de horror sino una historia de amor al igual que lo hizo al pensar cada nota su compositor y amigo, el oscarizado Alexandre Desplat (La forma del agua, 2018 y El gran hotel Budapest, 2015).
Y es que el oxígeno de la cinta es la compasión, el encuentro. Al igual que la figura de la mujer es crucial. Del Toro no sólo es actual en la forma de plasmar a su monstruo y lo que involucra su creación, también lo es en cómo muestra la fuerza de lo femenino: amorosa, pero fuerte, decidida. Y brillante.
Porque la inteligencia no es sinónimo de fragilidad ni tampoco está reñida con la belleza. “En el personaje de Elizabeth hay mucho de lo que quiero decir, es una figura central”, aseguró en la entrevista con este diario mientras confesó cómo el haber logrado esta versión de la historia de Mary Shelley tuvo mucho que ver con la búsqueda del creador que él mismo quería ser, “esta es una historia sobre cómo, cuando era joven me dije: ‘voy a ser un hombre muy diferente a mi padre’. Y a los 40 y pico me miré al espejo y… allí estaba él. Eso le pasa a todo el mundo ¿sabes? o al menos a mucha gente. Pero me di cuenta de que esa era la historia que quería contar. Y que quería hacerlo diferente”.
Por ello esperó a no sólo tener la idea clara a nivel narrativo sino también a poder contar con todos los recursos necesarios, “para crear todo el mundo en el que se desarrolla la historia”. No niega y agradece a Netflix y a la carrera de éxitos que lleva con la plataforma haber podido contar con todo el apoyo que necesitaba para poder hacer realidad una producción de este nivel. Aunque siempre, bromeó, querrá más, “¿no ves mi tamaño? Siempre quiero más de todo. Tengo que detenerme a mí mismo”. Para él, la batalla para encontrar cómo contar las historias se da de dos formas: “obviamente, el tamaño de la pantalla, el tamaño del ambiente es muy importante. Pero también está el tamaño de la ambición y el tamaño del hambre artística que traes al cine”, agregó.

En cuanto a la importancia del poder de la narración aseguró que hablarle al presente es muy importante y que es precisamente a través de las fábulas en donde ha encontrado una forma de atrapar la atención y contar lo que realmente quiere, “cuando se habla de cualquier época y se hace mediante parábolas o fábulas se trata de eso, de hablar de la actualidad. Las parábolas no pretenden ser directas, sino provocar una reflexión. Y creo que, debido a mi educación católica, me atraen mucho las fábulas porque son una herramienta increíble para reflexionar. Además, no intentan darte las respuestas”.
Para entender lo mucho que significa para Del Toro haber logrado hacer su propia versión de Frankenstein hay que tener en cuenta lo que compartió acerca de que se crió en un ambiente muy católico. Sin embargo, nunca entendió a los santos, “pero cuando vi a Boris Karloff (El doctor Frankenstein, 1931) en la gran pantalla comprendí cómo era un santo o un mesías. Así que he seguido a la criatura desde niño”, explicó. De hecho, ha afirmado varias veces que la historia de Mary Shelley es su libro favorito. ¿Cómo se siente tras darle vida a su monstruo más bello y dejarlo caminar? “Bueno… Ahora sufro de depresión posparto”, afirmó el director que, por si fuera poco, se sabe reír de sí mismo.

DATOS CURIOSOS.
*El día del estreno mundial de Frankenstein en Venecia coincidió con el día del nacimiento de Mary Shelley (30 de agosto de 1797). A este día se le conoce como El día de Frankenstein.
*En la película hay un cameo de un buen amigo y director español, Santiago Segura. Guillermo lo escogió para ser uno de los hombres que pasarán por la guillotina y entre los que después el Dr. Víctor Frankenstein busca retazos para su creación. Acerca de ello dijo, “le busqué a Santiago el personaje que mejor le quedaba”.
*Con este filme Guillermo compite por su segundo León de Oro. De obtenerlo sería una victoria nunca lograda por algún director mexicano.