Por qué las películas centradas en la vida de figuras icónicas no solo reconstruyen a los ídolos: también negocian cómo deben ser recordados.

Tengo dos hijas adolescentes que no han sido inmunes a la fiebre Michael Jackson provocada por el estreno de su esperada biopic. Debo confesar que, cuando me pidieron que las llevara al cine a ver ‘Michael’, debería haber sentido felicidad de fueran ellas quienes me arrastraran al cine y no al revés. Y es que, con una ventana de atención cada vez más corta, pienso mucho con qué historias me juego la credibilidad para que la experiencia en la sala sea un éxito que siempre quieran repetir —palomitas aparte. El problema es que precisamente esta película me despierta demasiadas preguntas. A fin de cuentas, la pantalla grande tiene la capacidad de amplificarlo todo: las emociones, los conflictos, pero también las figuras y los ídolos. Y según qué decides contar y desde dónde decides hacerlo, el personaje se condena o se salva. Una elección profundamente subjetiva atravesada por intereses, sensibilidades y variables invisibles para el espectador.
Con eso bajo la lupa, hay que entender que el filme de Antoine Fuqua —un proyecto respaldado por el patrimonio de Michael Jackson y con acceso completo a su catálogo musical— haya puesto de nuevo sobre la mesa una disputa incómoda: quién tiene derecho a contar una vida que nunca fue simple. Porque aquí no hablamos de una figura cualquiera. Hablamos de uno de los artistas más influyentes del siglo XX, pero también de alguien plagado de controversias graves, investigaciones judiciales y un debate ético que nunca terminó de cerrarse. Intentar condensar todo eso en una película comercial va más allá de un reto narrativo. Es una toma de postura.
Mis hijas quieren verla porque “todo el mundo habla de ella”. Porque “qué cool era Michael Jackson”. Y ahí aparece una inquietud que no es generacional, sino estructural: para quienes no vivieron el fenómeno completo, con sus luces y sus sombras, esta película puede convertirse en LA versión de referencia. No la más compleja. No la más incómoda. La primera. Quizá la única. Las biopics funcionan así. No son archivos: son relatos cerrados con apariencia de totalidad. Se cuentan vidas desde una ficción y desde una intención narrativa. Algo evidente para quienes conocen las tripas de la industria, pero que muchas veces se diluye para el público.

Tomemos algunos ejemplos recientes:
En ‘Bohemian Rhapsody’ (Bryan Singer, 2018), la implicación directa de Queen —especialmente de Brian May y Roger Taylor, productores de la película— garantizó acceso a la música y a detalles biográficos clave. Pero también marcó límites claros: el conflicto interno de la banda se simplifica, la cronología se reorganiza —el diagnóstico de VIH de Freddie Mercury se adelanta para reforzar el clímax emocional del Live Aid— y la figura central termina resguardada. El resultado fue un éxito masivo de taquilla, superior a los 900 millones de dólares globales según Box Office Mojo.

La colaboración con el entorno de Elvis Presley permitió construir un espectáculo visual desbordante en ‘Elvis’ (Baz Luhrmann, 2022), pero también introdujo una decisión narrativa clave: contar la historia desde el punto de vista de Colonel Tom Parker. Ese desplazamiento no es menor. Reubica parte de la responsabilidad del deterioro del artista y mantiene al ídolo en un lugar menos expuesto, incluso en su caída.

En ‘Respect’ (Liesl Tommy, 2021), desarrollada con la aprobación previa de Aretha Franklin antes de su muerte, el relato apuesta por una estructura clásica de superación. La violencia, las tensiones y los conflictos existen, pero están integrados en un arco que reafirma el legado. La figura emerge consolidada, no cuestionada. El caso de ‘Rocketman’ (Dexter Fletcher, 2019) introduce un matiz distinto. Elton John no solo autorizó el proyecto: participó activamente en él. Y eso cambia el tono. La película incluye adicciones, crisis emocionales y momentos de autodestrucción, pero lo hace dentro de una lógica clara: reconocer para reordenar. No es una exposición caótica, sino una confesión estructurada.
Aquí hay un punto importante. Cuando el artista está vivo, como en el caso de Elton John, existe una dimensión legítima: es su vida y tiene derecho a intervenir en cómo se cuenta. Pero incluso ahí, la película no deja de ser una versión. Y cuando ese control pasa a manos de familias y patrimonios heredados —como sucede con Michael Jackson— la lógica cambia. Ya no hablamos únicamente de memoria. También entra en juego la gestión del legado, de la imagen y del valor cultural y económico del personaje. Eso no implica necesariamente manipulación directa. Implica algo más sutil: curaduría. Se decide qué entra, qué se suaviza, qué se evita y, sobre todo, desde dónde se mira. Cuando la familia o el entorno participan activamente, la historia deja de ser completamente libre. No necesariamente miente, pero sí filtra. Y en ese filtro, el personaje se vuelve más fácil de absolver. Más habitable. Más cómodo.
Algo parecido ocurre también fuera del terreno musical. La reciente polémica alrededor de cómo la serie sobre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette Kennedy ha desvirtuado la relación entre ambos vuelve a evidenciar el mismo mecanismo: la ficción no solo dramatiza vínculos, también los reescribe emocionalmente para una nueva generación. Cuando los protagonistas ya no están para responder, la representación audiovisual empieza a competir directamente con el recuerdo real. Y ahí aparece una frontera delicada entre interpretar una vida y apropiarse de ella.
Ese es el verdadero peligro. No lo que la película muestra, sino lo que dejamos de cuestionar. Porque toda biopic, incluso la más ambiciosa, funciona a partir de decisiones parciales. No puede abarcarlo todo. Pero sí puede construir una tramposa sensación de totalidad. Ese es el problema. No que la historia esté incompleta, sino que parezca suficiente. Y en el caso de figuras como Michael Jackson, esa sensación tiene consecuencias. Porque aquí la discusión va más allá de una obra artística. Se trata de una figura cuya lectura sigue en claroscuros: entre la admiración por una obra musical irrepetible y las preguntas éticas que nunca han desaparecido del debate público. Por eso, la conversación no pasa por prohibir o validar la película. Pasa por otra cosa: por asumir la responsabilidad de recordar que contar una historia no la convierte automáticamente en verdad. Una biopic puede ser una puerta de entrada. Pero, como toda puerta, nunca muestra la casa entera.
