No tenemos padre

* Columna publicada en El Universal

La mayoría de las películas que se proyectaron en Venecia y que han seguido su curso en los festivales siguientes dejaron claro que hay dos temas que no dejan de ser urgentes e importantes: la situación de las mujeres y la falta de padre que tenemos en las sociedades latinoamericanas pero que se puede extrapolar a otras partes del planeta.

La ausencia de esa figura paterna y lo que genera en consecuencia es tan importante como la presencia tan fuerte de la madre, porque se rompe el equilibrio, porque los jóvenes buscan figuras y roles incorrectos con los que puedan identificarse, y porque la identidad queda rota.

Y eso se puede leer bien, con sus matices, en distintas formas y contextos en dos filmes mexicanos: La Caja y El otro Tom. Y, ante la ausencia del padre, se erige la de la madre, con gran fuerza y contundencia. Con sus luces y sombras.

Porque no todas las madres son perfectas y pueden cubrir al cien por ciento las expectativas a las que se les enfrenta.

La cinta ganadora del León de Oro, por ejemplo, habla de una madre que no quiere serlo, porque no puede, porque el entorno en el que vive no le permitirá volver a recuperarse a sí misma. Habla del aborto, de las consecuencias, del estigma, de la culpa, de la provocación, del alivio, de los juicios, de las autoridades morales que esta decisión provoca y de la carne, de lo que es sentir la pérdida desde las entrañas, del desprendimiento, del dolor.

Un filme que toca un tema tan manido, retratado e incluso premiado en el cine pero cuya directora Audrey Diwan logra abordar con un lente diferente, rompiendo todo tabú.

Además, lo hace con una cinta situada en los años 60 en Francia en la que la maternidad no buscada ni deseada no tiene mucha diferencia a lo que se vive en la actualidad de muchos países. Esos en donde no tenemos padre, por lo general.

Y para redundar en aquello de que en la historia podemos encontrar las respuestas de los males de hoy está también el último filme de sir Ridley Scott, El último duelo, cuya adaptación de la novela fue hecha por Matt Damon y Ben Affleck pero a la que añadieron un punto de vista en la trama de tres partes de la cinta: el femenino, y para ello llamaron a la guionista Nicole Holofcener.

El filme habla de una violación vista desde tres perspectivas: la del que la comete, la del marido de la víctima y la de víctima en sí. Todo ubicado en la edad media y basado en un hecho real. Una mujer cuya valía estaba dada por su capacidad de procrear. A quien las otras mujeres culpaban por hablar y acusar a su violador, pues lo suyo era callarse y que se jugó el pellejo por demostrar la veracidad de su acusación.

Los creadores nos entregaron una lupa para reflexionar sobre esas mujeres, figuras masculinas ausentes, madres que lo son por partida doble o que no quieren serlo. Al final no somos más que eso, niños necesitados del amor de nuestros progenitores. Sociedades en las que no tenemos padre y a la madre se le exige todo.

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