
A los Premios Feroz se va en tren. En ese trayecto se despliega una coreografía familiar, pero
distinta a la habitual. Rostros conocidos con y sin gafas de sol, representantes y jefes de prensa
que esta vez no afinan agendas ni negocian tiempos, sino que conversan como amigos, como
compañeros de vida. Productores y periodistas que cargan mochilas junto a porta trajes
cuidadosamente doblados.
Hay cafés que van y vienen, saludos que se repiten de año en año,
abrazos cariñosos, conversaciones serias interrumpidas por risas espontáneas. Un revoloteo
incesante. Incluso perros guía, recordándonos que el viaje también es acompañamiento. Es uno
de esos pocos momentos en los que comunicadores y celebridades comparten sin armaduras ni
fachadas, cuando el oficio se suspende y queda algo más simple: el viaje.
El cine, como la vida, se mueve. Y mucho de lo que somos ocurre en tránsito. El recorrido, el
desplazamiento, la espera. A veces turbulento, a veces cadencioso. Por eso los trenes han sido
siempre un contenedor privilegiado de historias. En ellos hemos visto personajes que se
enamoran, otros que se encuentran consigo mismos. Están quienes huyen y quienes regresan,
quienes perdonan y quienes condenan. Trenes que llevan a destinos fatales y otros construidos
para salvar. También sus márgenes narran: las casas pegadas a las vías, las vidas que crecen al
lado del ruido, lo periférico, lo que nunca ocupa el centro del plano y sin embargo sostiene el
paisaje.
No es casual que el cine vuelva una y otra vez a ese espacio intermedio. ‘Train Dreams’
(Clint Bentley, 2025), con cuatro nominaciones al Oscar, convierte el trayecto en biografía: un
cuerpo que avanza mientras el tiempo arrasa, un paisaje que acumula pérdidas. En ‘Jay Kelly’
(2025), las vías funcionan como umbral: ahí donde los personajes se desprenden del rol y
aparece algo más frágil, más verdadero, en donde la estrella se roza con lo humano. ‘Viaje a
Darjeeling’ (Wes Anderson, 2007) transforma el tren en cápsula emocional, en ritual de duelo y
reconciliación: hermanos encerrados en un vagón intentando ordenar lo que no cabe en una
maleta.

En ‘Slumdog Millionaire’ (Danny Boyle y Loveleen Tandan, 2008), el tren es vértigo
social: infancia, violencia y azar cruzándose a toda velocidad. En ‘Murder on the Orient Express’
(Sidney Lumet, 1974), el vagón se vuelve tribunal, espacio moral cerrado donde la justicia se
negocia en movimiento. Y ya desde mucho tiempo atrás, en ‘La bête humaine’ (Jean Renoir,
1938), el tren es pulsión y fatalidad: una máquina que avanza sin freno, arrastrando deseo,
violencia y destino.
Desde el cine mudo hasta hoy, el tren ha sido máquina de suspenso, territorio de encuentros
imposibles, dispositivo de fuga y de condena. Un espacio donde el cuerpo no puede quedarse
quieto y la narración tampoco. El tren no solo transporta personajes: arrastra decisiones, empuja
finales, precipita comienzos. El cine insiste porque vivir es ir de un punto a otro sin
garantías.
Pero no todos los viajes llegan a su estación.
Hoy abrazamos a quienes viajaban en los trenes accidentados en los últimos días y no han
podido continuar sus relatos. A quienes quedaron suspendidos en un trayecto que nunca debió
romperse y la vida les dio un giro cruel e inesperado. A quienes los esperaban y a los que dejaron
atrás, con el tiempo detenido. Pensamos también en aquellos que, desde los márgenes, se
convirtieron en héroes anónimos; en los protagonistas involuntarios, esos que nunca pidieron
ocupar el centro del plano, pero supieron estar a la altura de las circunstancias. En quienes hoy
intentan recomponer la narración de su vida, re-escribir el guion que se quebró sin aviso. Y en
los que caminan a su lado, sosteniendo lo que duele, lo que pesa, lo que no se puede nombrar ni
poner en palabras.
Estas historias nunca debieron escribirse.
