ICE, silencio y celebridades: quién puede seguir hablando


Hubo un tiempo en que la distopía pertenecía al futuro. El cine nos advertía sobre sociedades donde la libertad se erosionaba en silencio y las voces incómodas desaparecían sin escándalo. Hoy, esas imágenes ya no funcionan como advertencia sino como espejo. No anuncian lo que vendrá. Describen lo que empieza a instalarse poco a poco, de forma sistémica. En Estados Unidos, el violento accionar del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) se ha convertido en símbolo de una política migratoria que es sin duda cada vez más agresiva y despiadada. Redadas, separación de familias, barrios enteros viviendo bajo miedo constante con vecinos que al intentar defender a los más vulnerables son atacados también. Lo que antes parecía exageración narrativa ahora ocupa titulares y fractura la conversación pública. El cine estadounidense no ha sido ajeno a esta realidad.

En A Better Life (2011, Chris Weitz), por ejemplo, la historia de un jardinero migrante en Los Ángeles mostraba ya hace más de una década la fragilidad legal y el miedo cotidiano que hoy ocupan titulares. La diferencia es que entonces era relato; ahora es política visible. Pero la cuestión no es solo lo que ocurre en las calles. Es quién logra narrarlo. Mientras la tensión social crece, el ecosistema informativo atraviesa su propia fragilidad. Los despidos recientes en The Washington Post, bajo la propiedad de Jeff Bezos, evidencian una crisis más profunda: redacciones debilitadas, presión económica y tecnológica, concentración de la propiedad mediática. Cuando las salas de prensa se reducen, también se limita la posibilidad de mirar de frente aquello que incomoda. Hay, como bien señala el historiador y catedrático español Florentino Portero, “una guerra civil cultural”.

En ese escenario, algunas figuras del cine y la música han asumido un rol inesperado. En plataformas y alfombras rojas de alcance global —como los Premios Grammy— artistas como Mark Ruffalo, Ariana Grande, Billie Eilish, Justin Bieber, entre otros, utilizaron sus discursos o símbolos como los pin con el mensaje “ICE Out” para cuestionar la violencia institucional y recordar que detrás de cada operativo hay personas concretas, familias, historias truncadas. Otros actores y músicos hacen lo mismo desde entrevistas o sus propias redes sociales. No se trata de convertir a las celebridades en sustitutos del periodismo. Tampoco de idealizarlas.

Se trata de comprender el momento: cuando la conversación pública se estrecha y la información se filtra por intereses económicos o tecnológicos, quien aún tiene un micrófono posee algo más que visibilidad. Posee alcance moral. El cine siempre supo que el peligro no empieza con la violencia abierta, sino cuando dejamos de mirar. Cuando la injusticia se vuelve rutina. Cuando el miedo se normaliza. Si quienes aún tienen escenario deciden hablar, no es un gesto de protagonismo. Es un recordatorio de que detrás de cada cifra hay una vida, y de que el silencio actual es una forma de complicidad.