La estrella recibió el León de Oro a la carrera en la apertura del Festival de cine más antiguo del mundo y alertó sobre la deriva de Estados Unidos, la IA y la urgencia de plantarle cara a la crueldad.

Venecia, 02 de septiembre de 2026. El arranque de la Mostra se dejó seducir por la figura de George Clooney quién trajo a la ciudad de los canales una nostalgia luminosa. La de una estrella que recuerda que hubo una época en la que el mundo parecía un lugar más amable. Y es que el elegido para recibir este año el León de Oro a la carrera derrochó elegancia, inteligencia y una cualidad mucho más difícil de encontrar en estos tiempos: la capacidad de hablar de asuntos graves sin perder la frescura. En la rueda de prensa previa a la Ceremonia de apertura del festival italiano se le veía sereno. Pleno. Feliz.
También agradecido por el reconocimiento a una trayectoria que él mismo se encargó de relativizar varias veces con humor, pero sobre todo por poder seguir formando parte de un oficio al que todavía mira con asombro. No dudó en ahondar en su amor al cine, pero fue precisamente cuando habló de Estados Unidos cuando desapareció cualquier tentación de refugiarse en frases cómodas. “Siempre soy muy optimista”, comenzó diciendo, antes de admitir que su país atraviesa “un momento desafortunado”, una expresión que él mismo calificó como insuficiente. Entonces retrocedió hasta 1968. Recordó las ciudades estadounidenses en llamas, los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy, la violencia que atravesaba el país y los tanques alrededor del Capitolio. Lo hizo para poner el presente en perspectiva, no para restarle gravedad. “Ya hemos atravesado otros momentos difíciles y este es uno de ellos”, aseguró. Después pronunció una palabra poco habitual en una rueda de prensa de cine: kakistocracia. “La kakistocracia es un país gobernado por las personas menos cualificadas”, explicó. “Creo que quizá ahora mismo tengamos una”, remarcó.
En una industria y en un momento histórico en los que tantos han aprendido a hablar sin decir nada, Clooney hizo exactamente lo contrario. Se posicionó. Habló de las próximas elecciones legislativas en Estados Unidos como un necesario sistema de controles y equilibrios y proyectó hacia 2028 la esperanza de recuperar “cierta normalidad”. Pero la parte más reveladora de su reflexión no tuvo que ver con partidos ni con campañas electorales sino con la decencia. “Hay que acabar con la idea de que la crueldad sea la base de todo, de que ser cruel y desagradable forme parte de la diversión y preguntarnos dónde ha quedado el sentido de la decencia”, afirmó. Clooney confesó sentirse avergonzado ante determinadas actitudes de quienes ostentan el poder en su país, pero se mostró optimista, “lo superaremos. Y saldremos mejores al otro lado”, concluyó.
La misma preocupación apareció cuando la conversación llegó a la inteligencia artificial, pues Clooney cree que la IA transformará profundamente la industria audiovisual y que tendrá consecuencias laborales inmediatas, “va a desaparecer una cantidad muy importante de empleos”, dijo. Mencionó específicamente a los profesionales de los efectos especiales y aventuró que la pérdida de puestos de trabajo podría alcanzar cifras cercanas al treinta por ciento, aunque se apresuró a aclarar que desconocía el número exacto. Lo que sí tiene claro es que Hollywood ha llegado tarde a la discusión.
“Nos ha pillado a contrapié”, explicó. Pero la parte verdaderamente inquietante de su reflexión no estuvo relacionada con el empleo ni siquiera con el futuro de las películas. Fue la verdad. “He visto vídeos míos que no soy yo”, contó. No hablaba de ficción. Hablaba de supuestas noticias en las que aparece diciendo cosas que jamás dijo o haciendo cosas que nunca hizo. Y a partir de ahí planteó uno de los escenarios más escalofriantes de toda la mañana, “¿qué sucede cuando un gobierno recibe un vídeo aparentemente real de Vladimir Putin anunciando que ha lanzado un primer ataque nuclear? ¿Cómo se distingue entonces la realidad de la falsificación?”, preguntó.
También contó que hace sólo dos días habló con uno de los mayores expertos mundiales en IA y las herramientas que hasta hace poco permitían detectar una imagen manipulada —marcas de agua, proporciones, anomalías visuales— están dejando de ser suficientes. Pero él teme algo todavía peor y es que cuando todo pueda falsificarse, también pueda negarse aquello que sí es verdad. Ese, explicó, es el peligro de “envenenar el pozo”: conseguir que la sociedad llegue a un punto en el que cualquier evidencia pueda responderse con dos palabras. “Eso es falso”. Durante generaciones aprendimos a repetir que no había que creer todo lo que leíamos. El nuevo desafío, dijo Clooney, será enseñar a la gente a no creer todo lo que ve. Y miró a los periodistas, “será difícil para ustedes hacer su trabajo porque bastará un error, una imagen falsa aceptada como auténtica, para erosionar la credibilidad de quien la publique”, agregó.

La conversación avanzó hacia el cambio climático y fue igual de directo, “estamos en un momento en el que muchas de las personas que ostentan el poder han decidido que el cambio climático es un engaño y que la ciencia no es real. Supongamos que tienen razón, ¿qué ocurriría si, aun así, decidiéramos limpiar el planeta? Se crearían millones de empleos verdes. Mejoraría la calidad del aire. Se reduciría la contaminación. ¿Cuál es el argumento en contra?”, remató. Pero el mundo no fue el único protagonista de la rueda de prensa. También lo fue el cine. “Necesitamos historias porque necesitamos mirarnos a través de los ojos de los demás. De lo contrario, no aprendemos nada los unos de los otros. Y cuando dejamos de hacerlo acabamos encerrados en nuestras propias burbujas y empezamos a demonizar a quienes están fuera de ellas”, advirtió. Para Clooney, un festival como Venecia sigue teniendo sentido porque permite que alguien llegue hasta aquí y descubra una película iraní, una vida que transcurre a miles de kilómetros de la suya, una realidad que quizá jamás habría conocido.
Cuando habló de su propia carrera, el tono comenzó a aligerarse. Reconoció haber tenido éxitos extraordinarios y fracasos igual de memorables. Algunas películas, recordó, fueron odiadas cuando se estrenaron y después encontraron una segunda vida. Otras envejecieron peor. “El momento lo es casi todo”, sentenció. También explicó por qué ha dejado temporalmente de dirigir, una actividad que asegura amar. La respuesta no tuvo nada que ver con Hollywood sino con sus dos mellizos de nueve años. “Actuar en una película supone ausentarse tres meses y permite cierta flexibilidad. Dirigir significa dedicar prácticamente un año a un proyecto, permanecer en una localización y renunciar a buena parte de la vida familiar. Ya no puedo hacer eso”, aclaró.
Clooney tiene 65 años y habló de envejecer con la misma mezcla de ironía y ligereza con la que parece enfrentarse a casi todo. “A esta edad todo es melancólico”, bromeó. “Te cepillas los dientes y piensas: mis dientes antes eran mucho más bonitos”. Pero enseguida apareció la gratitud. Habló de su esposa. De sus hijos. De la posibilidad de seguir trabajando cuando quiere. En un mundo obsesionado con aquello que va mal —y hay mucho, admitió, que va mal— defendió también la obligación de mirar lo que permanece intacto. “Sentimos el peso de las cosas y debemos sentirlo. Pero tenemos que acordarnos de celebrar”. También hubo tiempo para recordar a Brad Pitt y Matt Damon. Cuando alguien mencionó a sus dos amigos, activó la media sonrisa que lleva décadas funcionando como una especie de arma secreta en el actor. “No me caen bien esos dos. No hago nada con ellos”.
Y después confirmó que habrá otra película de Ocean’s en cuanto consigan cuadrar las agendas. La supuesta exclusiva duró apenas unos segundos. “En realidad ya se lo hemos contado a otra gente. Se lo contamos a todo el mundo”. Más risas. Y finalmente, Venecia. “Cualquiera que venga a esta ciudad y no se enamore de ella tiene algún problema”, bromeó. Y ahí estuvo de nuevo la inteligencia y la gracia. La conciencia del mundo y el placer de seguir viviendo en él. Con elegancia. Con humor. Con curiosidad. Pero sobre todo, con decencia.
