La poderosa industria de la necesidad de pertenencia


Hay necesidades humanas que no cambian nunca. Como por ejemplo la de amar y ser correspondido. Encontrar un propósito. Sentirse reconocido. Y pertenecer, por mencionar algunas. Búsquedas que siempre han acompañado a la ficción porque no podía ser de otra manera: somos seres profundamente sociales y pocas cosas han sido tan importantes para nuestra supervivencia como formar parte de un grupo. Durante miles de años, ser miembro de una “tribu” ha significado protección, cooperación y futuro. Lo que ha cambiado no es esa necesidad. Sino la forma en que la vivimos.

Las redes sociales no inventaron nuestro deseo de integrar un grupo. Lo que hicieron fue convertirlo en una identidad visible y en una moneda de cambio cultural. Hoy muchas personas no sólo quieren formar parte de algo; también necesitan que los demás sepan que forman parte de ello. De ahí que sea lógico ver cómo vivimos rodeados de fandoms, identidades digitales, códigos compartidos y conversaciones permanentes que parecen exigir no solo atención, sino afiliación. Ya no basta con ver una película, escuchar un disco o seguir una serie. Hay que verla cuando toca, entender las referencias, saber en qué formato merece la pena disfrutarla, participar en la conversación y, casi siempre, posicionarse. Y es que la cultura contemporánea ha convertido la pertenencia en una forma de estatus. Y la industria del entretenimiento ha aprendido a convertir ese deseo en parte del valor de una historia. Por eso muchas de las grandes producciones recientes, incluso cuando hablan de carreras de coches, superhéroes o cocinas, terminan girando alrededor de la misma pregunta: ¿dónde está mi sitio y quién decide si sigo perteneciendo a él? Si seguimos esa tesis es fácil pensar en ‘La Odisea’, de Christopher Nolan como el regreso de un héroe clásico con todo lo que lo rodea e implica. Pero, si se rasca un poco más, es evidente que lo que persigue Odiseo no es solo una victoria. Nos habla de la necesidad de un líder de recuperar un sitio que el tiempo amenaza con haber ocupado sin él. Mientras el héroe lucha por volver, otros pretenden quedarse con su casa, su familia, su autoridad e incluso su identidad. La verdadera amenaza no es morir en el viaje. Es descubrir que Ítaca ya no lo necesita. Si se analiza desde ahí, lo cierto es que es una idea sorprendentemente contemporánea. 

Siguiendo ese hilo tenemos ‘F1’, de Joseph Kosinski. Una película que gira alrededor de un piloto veterano que no intenta ganar únicamente una carrera. Lo que lo mueve es la posibilidad de recuperar el derecho a pertenecer a un mundo del que fue expulsado. Lo que está en juego no es un campeonato, sino volver a ser reconocido por quienes un día dejaron de creer en él. Algo parecido ocurre en ‘Superman’, de James Gunn. El director podría haber contado una historia sobre un héroe invencible, pero prefirió preguntarse a dónde pertenece realmente su protagonista. ¿Es kryptoniano? ¿Es terrestre? ¿Puede formar parte de ambos mundos o está condenado a ser siempre un extranjero? El conflicto ya no solo consiste en derrotar al villano, sino en encontrar una comunidad que lo reconozca.

Las series desarrollan esta idea de una forma todavía más evidente. ‘The Bear’, de Christopher Storer nunca ha sido solo una historia sobre lo que se cuece entre los fogones de un negocio. Su fuerza se centra en mostrar a una familia elegida cuyos miembros necesitan sentirse útiles para seguir perteneciendo a ella. Cada servicio, cada discusión y cada crisis son, en el fondo, una negociación constante sobre quién sigue teniendo un sitio en esa comunidad. Lo que está en juego rara vez es únicamente el éxito del restaurante; es la posibilidad de que ese grupo siga existiendo.

Más ejemplos: ‘Andor’, de Tony Gilroy tampoco es únicamente una historia sobre la Rebelión. Es la épica de alguien que pasa de sobrevivir solo a descubrir que encuentra sentido cuando puede decir “nosotros”. La revolución funciona como un lugar de pertenencia. El viaje de Cassian no consiste en convertirse en un héroe sin propósito sino en uno cuya motivación está en lo que genera con los otros. 

Esta tendencia narrativa coincide con un momento histórico en el que nunca había sido tan fácil encontrar comunidades. Los algoritmos nos recomiendan qué ver, pero también nos sugieren a qué conversación incorporarnos. Los fandoms ofrecen identidad. Las plataformas convierten cada estreno en un acontecimiento compartido. Pero eso tiene una consecuencia de la que hablamos poco: ha aumentado el coste social de la desconexión. 

No ver la película del momento ya no significa únicamente eso. También implica quedarse fuera de la conversación durante días: no entender un meme. No captar una referencia. No participar en el debate, etc. La experiencia ya no termina cuando aparecen los créditos o en las conversaciones posteriores cara a cara. Ahora continúa en TikTok, Letterboxd, Instagram, X, YouTube durante mucho más tiempo. Quizá por eso fenómenos como ‘La Odisea’, de Christopher Nolan empiezan a debatirse incluso antes de estrenarse alrededor de cómo hay que verla, en qué formato o en qué sala. La experiencia ya no consiste únicamente en ver la película. También en ser de los que puede decir que la vio “como debía verse”. Lo mismo sucede con muchos grandes estrenos o con determinadas series: consumirlas es también una forma de ocupar un lugar dentro de una conversación colectiva.

En resumen: el cine siempre ha aspirado a reunir a la gente en una sala y a provocar conversaciones al salir de ella. No hay nada nuevo en eso. Lo que ha cambiado es que esas conversaciones ya no son solo la consecuencia de una película. Forman parte de la propia experiencia. Y, cada vez más, de su valor. Porque la producción cultural ha entendido que en la actualidad una historia no solo compite por nuestra atención. Pelea por convertirse en el lugar donde todos queremos estar hasta que llegue el siguiente “evento”. Así, no es casual que tantas películas y series recientes estén llenas de personajes que buscan desesperadamente un lugar al que pertenecer. De alguna manera, ellas también intentan construir ese lugar para nosotros.