El Mundial ha confirmado algo que el cine lleva tiempo contando: cada vez nos interesan menos los héroes destinados a ganar y más quienes, desde la fragilidad, nos recuerdan que la verdadera épica consiste en resistir.

Hay algo que este Mundial ha dejado claro incluso entre aficionados neutrales: cada vez nos cuesta menos enamorarnos de quienes no levantan el trofeo. Selecciones que nadie situaba entre las favoritas, jugadores desconocidos y países sin tradición futbolística han terminado conquistando al público sin necesidad de ganar. Nos han recordado que el deporte, como el cine, no siempre encuentra su mayor emoción en la victoria. Durante décadas, las grandes epopeyas se construyeron alrededor del héroe predestinado. El más fuerte, el brillante, el elegido para imponerse, el tocado por la fortuna. Pero hace tiempo que el mundo se ha vuelto más complejo y las personas ya no sólo se identifican con ese arquetipo.
A eso se suma que vivimos rodeados de liderazgos que han convertido la fuerza en intimidación. Trump, Putin, Netanyahu y muchos otros dirigentes han normalizado una manera de ejercer el poder basada en la confrontación permanente, la humillación del adversario y la exhibición del dominio. El resultado es paradójico: cuanto más agresiva se vuelve la realidad, menos fascinantes nos parecen los que siempre ganan. Por eso esta Copa del Mundo ha despertado una simpatía especial hacia los vulnerables. No porque hayamos dejado de admirar el talento, sino porque nos emociona más quien desafía las probabilidades que quien las confirma. Cada sorpresa deportiva se convierte en una pequeña revancha contra la sensación de que el mundo siempre pertenece a los mismos.
El cine lleva tiempo anticipándolo. Rocky, el personaje que hizo leyenda a Sylvester Stallone, no es inolvidable porque ganó un combate, sino porque soportó todos los golpes. Billy Elliot -protagonizado por Jamie Bell en la cinta de Stephen Daldry- no permanece en la memoria por convertirse en un gran bailarín, sino por seguir bailando cuando todo su entorno le decía que no tenía derecho a hacerlo. Más recientemente, películas como Anora (Sean Baker) o Los que se quedan (Alexander Payne) han vuelto a demostrar que la vulnerabilidad conecta con el público de una forma que la perfección jamás consigue.
Quizá la pregunta no sea si nos hemos cansado del éxito, sino de quienes parecen destinados a alcanzarlo. También por eso empiezan a emocionarnos personajes, equipos y relatos que antes ocupaban un segundo plano. No porque el triunfo haya dejado de importar, sino porque la incertidumbre se ha convertido en un bien escaso. En una época en la que demasiadas historias parecen escritas de antemano, cualquier posibilidad de alterar el guion se siente profundamente liberadora. Y es que no estamos viviendo una crisis del héroe, sino del poder.
Y cuando éste deja de parecernos admirable o seductor, nuestra mirada cambia. En momentos históricos saturados de matones, como los que vivimos hace tiempo, la bondad deja de parecer ingenua. La empatía se fortalece. Y los vencidos que se dejan la piel en el camino como nuestra Selección, terminan llevándose algo más valioso y difícil de conquistar: el corazón del público.
