¿Nos estamos atreviendo a desear más o a hacerlo sin castigo?


Quizá el verdadero tabú nunca fue el sexo, sino el deseo. Lo que durante mucho tiempo resultó menos habitual fue ver a una mujer, especialmente en la mediana edad, preguntarse qué quiere sin que la narración se apresurara a castigarla por ello. Durante años, el cine permitió a los hombres desear. A las mujeres, en cambio, les concedió con más frecuencia el lugar de ser deseadas. La diferencia parece sutil, pero cambia toda la historia. Quien desea actúa, se equivoca, rompe algo, toma decisiones. Quien es deseado espera. Quizá por eso resulta tan revelador el auge reciente de películas y series en las que el deseo femenino ya no aparece como una amenaza moral, sino como una forma de identidad.

Ahí se inscriben ‘Babygirl’ (Halina Reijn), ‘Deseo’ (Teresa Simone), ‘La idea de tenerte’ (Michael Showalter), ‘Dying for Sex’ (Shannon Murphy y Chris Teague), ‘La sustancia’ (Coralie Fargeat), ‘Una aventura en Marruecos’ (Susannah Grant), ‘And Just Like That’ (Michael Patrick King, Anu Valia, Cynthia Nixon, entre otros)… o incluso la última ‘Bridget Jones’ (Michael Morris) participan, desde lugares muy distintos, con sus aciertos y problemas, de una misma conversación: qué ocurre cuando una mujer deja de vivir solo en función de lo que esperan de ella y empieza a preguntarse qué quiere para sí misma. Lo interesante no es que estas historias hablen de sexo, sino que el deseo deja de funcionar como pecado narrativo. Antes, la mujer que deseaba demasiado solía acabar sola, humillada, castigada o convertida en advertencia. Era la egoísta, la mala madre, la ridícula, la que no sabía aceptar el paso del tiempo. Ahora no siempre acaba feliz, pero el relato ya no parece tan empeñado en corregirla.

En ‘La idea de tenerte’, el conflicto no nace únicamente de la diferencia de edad, sino de la mirada social que convierte el deseo de una mujer adulta en algo que debe justificarse. En ‘Babygirl’, la atracción abre una grieta incómoda en una vida aparentemente resuelta. ‘Dying for Sex’ lleva esa pregunta al límite: cómo quiere vivir una mujer el tiempo que le queda. Y ‘La Sustancia’, desde el terror corporal, expone con brutalidad la violencia de una cultura que deja de mirar a las mujeres cuando envejecen.

La paradoja es que este auge llega en una época obsesionada con los límites, el consentimiento y las relaciones de poder. Quizá precisamente por eso se abre ahora una pregunta más difícil: no solo qué no queremos que ocurra, sino qué sí deseamos que suceda. Porque nombrar el deseo también exige responsabilidad, escucha y una relación más honesta con una misma. En las conversaciones alrededor de ‘Deseo’ aparecía una idea persistente: cuánto tiempo podemos pasar viviendo según un guion escrito por otros. La pareja, la maternidad, el deber, la edad, la imagen, la culpa. Todo eso construye una especie de jaula respetable. El deseo, entonces, no aparece solo como impulso sexual, sino como posibilidad de desobediencia íntima.

Quizá no estamos deseando más que antes. Las mujeres han deseado siempre con la misma fuerza. Lo que está cambiando es que el cine empieza a dejar de tratar ese deseo como una crisis que hay que resolver. Empieza a mirarlo como una pregunta legítima porque durante décadas la pantalla enseñó a las mujeres a preguntarse si seguían siendo deseables. Ahora empieza a hacerles una pregunta mucho más profunda y, por eso mismo, liberadora: ¿qué deseas tú?