Cuando el talento deja de parecer un accidente


Hay momentos en los que un país deja de celebrar únicamente un resultado y empieza a reconocer una posibilidad. Eso es lo que está ocurriendo con la Selección mexicana estos días. Más allá de los goles o de una actuación histórica en la fase de grupos del Mundial, hay una percepción distinta: la de un equipo que ya no juega como si perteneciera a una mesa ajena. Por primera vez en mucho tiempo, México transmite la convicción de que competir con los mejores no es un golpe de suerte, sino una aspiración legítima. Es una sensación conocida para quien haya seguido el cine mexicano durante las últimas décadas. 

Hubo un tiempo en que un director mexicano triunfando en Hollywood o en alguno de los Festivales de cine más importantes del mundo parecía una anomalía. Después llegaron Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro. Durante años se habló de ellos como si fueran un fenómeno irrepetible, cuando en realidad demostraban justo lo contrario: que el talento florece mejor cuando encuentra una generación que se exige mutuamente y comparte una ambición. Entre los tres conquistaron cinco premios Óscar a la mejor dirección en apenas seis años, entre muchos otros trofeos. 

No fue algo casual sino la consecuencia visible de un proceso mucho más largo. Quizá por eso me interesa tanto lo que está ocurriendo ahora con el fútbol de nuestro país. Porque las sociedades no sólo avanzan gracias a sus instituciones. También lo hacen gracias a los ejemplos que producen e inspiran a los que vienen. Cada generación necesita comprobar que alguien fue capaz de llegar más lejos de lo que parecía posible. Cuando un cineasta mexicano gana un Óscar, miles de jóvenes dejan de pensar que Hollywood pertenece a otros. Cuando una selección nacional compite sin complejos contra las grandes potencias, ocurre algo parecido. 

No todos serán futbolistas ni directores de cine. Pero la conversación cambia. Lo excepcional empieza a parecer alcanzable. Y eso tiene un valor incalculable porque durante demasiado tiempo México ha convivido con una extraña contradicción: la de ser un país capaz de exportar creatividad, científicos, artistas o empresarios de primer nivel que, al mismo tiempo, ha normalizado cierta resignación sobre aquello que supuestamente no puede conseguir. Por eso el verdadero legado de esta selección no dependerá de hasta dónde llegue en este Mundial sino de si consigue dejar una herencia más profunda: la de entender que la excelencia no es un accidente, sino una cultura. El cine ya recorrió ese camino. Demostró que el prestigio internacional no aparece de un día para otro. 

Se construye con disciplina, colaboración y confianza en el propio talento. Sería maravilloso que, dentro de unos años, dejáramos de hablar de una generación dorada del fútbol mexicano por la misma razón por la que ya no hablamos de una eventualidad cuando alguno de nuestros cineastas conquista el mundo. Porque los milagros emocionan, pero son puntuales. Las culturas, en cambio, permanecen.