La autoridad después de la autoridad: ¿a quién le creemos ahora?


Quizá la imagen más reveladora de nuestro tiempo no sea la de un experto equivocándose, sino la de un líder teniendo razón y descubriendo que eso ya no es suficiente. Durante buena parte del siglo XX, el cine asumió que el conocimiento otorgaba un lugar privilegiado dentro de la conversación. No garantizaba tener razón, pero sí credibilidad. Cuando un periodista seguía una pista o un científico lanzaba una advertencia, el espectador daba por hecho que merecía atención.

Hoy las películas parecen menos interesadas en la pregunta “¿qué ha ocurrido?” que en otra bastante más complicada: “¿qué estamos dispuestos a aceptar como cierto en un mundo que se ha vuelto tan poco fiable?”.

Por eso Don’t Look Up sigue resultando tan sugerente. Sus protagonistas no fracasan porque se equivoquen. Fracasan porque la evidencia deja de ser suficiente para convencer a nadie. Cuando se estrenó, muchos la interpretaron como una sátira sobre la negación científica. Vista desde 2026, parece el inicio de una conversación que no ha hecho más que profundizarse.

Las ficciones recientes ya no se limitan a mostrar instituciones cuestionadas o figuras incapaces de persuadir. Empiezan a explorar algo más inquietante: la posibilidad de que distintos grupos habiten mundos paralelos construidos a partir de los mismos acontecimientos. Ahí es donde me interesa especialmente la conexión que tiene el cine americano de los últimos años. En Eddington, Ari Aster retrata una comunidad atrapada en relatos incompatibles. En Bugonia, Yorgos Lanthimos convierte la sospecha en una forma de mirar el mundo. En Disclosure Day, Steven Spielberg construye un relato donde la información más valiosa parece encontrarse siempre fuera de los canales oficiales. Incluso Cónclave, ambientada en una institución diseñada para ofrecer certezas, está atravesada por la duda y las intrigas internas. Nadie es fiable, ni siquiera los que deberían serlo por principio.

Lo llamativo es que ninguna de estas historias gira realmente alrededor de un misterio por resolver. Lo que las atraviesa es una sensación de desorientación. Durante décadas, gran parte del cine se construyó sobre una idea sencilla: algo permanecía oculto y alguien debía descubrirlo. El conflicto estaba en la búsqueda. Hoy parece desplazarse a otro lugar. La información es abundante. Las versiones también. Lo difícil ya no es acceder a ellas, sino encontrar un terreno común desde el que interpretarlas.

Cada vez discutimos menos sobre las respuestas y más sobre los propios hechos. Quizá por eso tantas películas contemporáneas comparten una misma ansiedad. Sus personajes no carecen de datos. Carecen de referencias compartidas. Se mueven en espacios donde resulta cada vez más difícil distinguir entre información, interpretación y sospecha.

No sé si el cine está registrando una transformación o simplemente reaccionando a ella. Lo que sí parece claro es que la vieja confianza en que los hechos acabarían imponiéndose por sí solos ha empezado a resquebrajarse. Durante décadas, las películas nos enseñaron que bastaba con encontrar la pieza que faltaba para que todo encajara.

Las de hoy parecen formular una pregunta más incómoda. ¿Qué ocurre cuando todas las piezas están sobre la mesa y aun así nadie consigue ponerse de acuerdo sobre el dibujo que forman?