Tres encuentros que, desde lugares muy diferentes, terminaron hablando de identidad, memoria, exclusión y la capacidad del cine para mirar de nuevo aquello que creemos conocer.

Venecia, 08 de septiembre de 2026. La jornada de la 83.ª Mostra de Venecia tuvo un marcado acento mexicano. Desde una ópera prima nacida en Tijuana y realizada a contrarreloj hasta el regreso de un clásico de Luis Buñuel y una adaptación de Mario Bellatin, México apareció en distintas pantallas y generaciones.
“Tijuana, todavía”: una ciudad lejos del estereotipo
Con apenas diez meses y un presupuesto de 200.000 euros, “Tijuana, todavía” llegó a Venecia como parte de Biennale College Cinema. La ópera prima de Gabriel Gutiérrez Morales, producida y protagonizada por Humberto Busto y Peter Filimonov, convierte esa carrera contrarreloj en una historia sobre identidad, migración, deseo y exilio. “La imagen de Tijuana que existe fuera de Tijuana no es nada cercana a lo que yo conozco”, explicó Gutiérrez. A través del encuentro entre Chava y Maxim, dos hombres queer de generaciones y contextos distintos, la película busca precisamente descubrir otras vidas posibles dentro de esa ciudad fronteriza. Esa búsqueda encontró un eco particular en Petr Filimonov, actor ruso queer cuya experiencia personal dialoga con la de Maxim y con quienes permanecen en su país: “¿Qué puedo hacer para las personas queer que todavía están atrapadas en Rusia?”, se preguntó. Para Busto, la experiencia significó además el reto de desarrollar, escribir, producir y estrenar una película “todo en diez meses”, apostando por un proceso profundamente colaborativo.

Buñuel vuelve a Venecia en tranvía
Siete décadas después de su estreno, “La ilusión viaja en tranvía” (1954), de Luis Buñuel, regresó a la pantalla gracias a una restauración presentada en Venezia Classici. El proyecto reunió al Museo Nazionale del Cinema de Turín, Fundación Televisa y la Cineteca Nacional de México. Desde hace dos décadas, Fundación Televisa trabaja en recuperar un acervo fundamental de la memoria cinematográfica mexicana. Su curador, Héctor M. Orozco, recordó que se trata de procesos largos, complejos y costosos, pero que ya han permitido restaurar más de 25 títulos, entre ellos “María Candelaria” y “Macario”. En Venecia, la respuesta confirmó que esa memoria sigue viva: la sala estuvo “llenísima”, con una importante presencia de jóvenes. Para Orozco, la cinta conserva la mirada de “un barrio mexicano de los años cuarenta, cincuenta”, capaz de dialogar con espectadores de otro tiempo y otro continente.
Nathalia Acevedo: belleza frente a un mundo hostil
La presencia mexicana continuó con “Salón de belleza”, adaptación de la novela de Mario Bellatin dirigida por Nathalia Acevedo. Tras cinco años de escritura atravesados por la pandemia, la cineasta decidió alejarse de una traducción literal del libro y hacerlo propio, siguiendo el consejo del mismo Bellatin.
Si la novela nació en los años noventa bajo la sombra del sida y la marginación, Acevedo encuentra ecos directos en el presente. “Hoy es más relevante que nunca”, afirmó al hablar de una pequeña comunidad que intenta protegerse de un mundo hostil marcado por guerras y profundas divisiones. Peces, acuarios y agua articulan una película en la que belleza y violencia conviven como reflejo de la condición humana. “Estamos llenos de bondad, pero también de una incapacidad para cuidar al otro”, señaló Acevedo, quien apuesta por un cine que no entregue todas las respuestas, sino que deje al espectador espacio para construir su propio diálogo.
